ROSEMARY
Me cuesta
escribir sobre mi madre, y no me hace especial ilusión. Pero se lo
debo. Mi homenaje es que perdure, aunque sea virtualmente. Pero no lo
voy a hacer más.
Mi madre
nació en Argentina en el año 1939, en el barrio de Temperley de
Buenos Aires. Hija y nieta de colonos ingleses, por lo que más allá
de su lugar de nacimiento, era inglesa de pura cepa. Su padre era
militar del ejército británico, que participó activamente en la
segunda guerra mundial (1939-1945). Como consecuencia de esto, mi
madre conoció a su padre a los seis años, al finalizar la guerra.
Aquí lo tienes, este es tu padre.
En el
entretiempo, mi abuela Margaret conoció a otro hombre. Andreas
Lauritz. Húngaro nacionalizado uruguayo, hombre de mundo que odiaba
a los rusos (la URSS entonces), puesto que habían invadido su país.
Era un hombre bastante guapo, hablaba seis idiomas y se le daban
francamente bien las mujeres. Y con una filosofía de vida acorde: en
vez de trabajar, mejor vivo de las rentas de las mujeres. Gran
bebedor, como toda la familia de mi madre.
Parece que
mi abuelo no sé tomo muy bien lo de mi abuela con el húngaro, por
lo que (viviendo en Inglaterra) reclamó que los niños fueran con
él. Entonces no era como ahora, si un hombre separado o divorciado
pedía a los niños, era obligatorio para la madre hacerlo. Mi tío
David (otro gran bebedor, vive en Canadá) y mi madre fueron a
Inglaterra. Tres semanas de viaje en barco, y no precisamente en un
crucero de lujo. Una niña de seis años entonces, que acabaría
cogiendo el metro a los 9 años junto con su hermano de 11 para ir al
colegio. Ni siquiera había Pokémon que buscar en el metro: la
posguerra en Inglaterra fue terrible (dejaron de haber gatos por las
calles).
Mi madre
creció y vivió en Londres hasta los 25 años. Hasta que mi abuela
Margaret (buena bebedora también) se jubiló anticipadamente
(farmacéutica Roche) y se fue a vivir a Benidorm, junto con el
húngaro. Entonces Benidorm era un pueblecito de pescadores, idílico.
Mi madre se puso a trabajar de guía turístico, y en una de esas
casualidades de la vida conoció a mi padre en Valencia. Se casaron a
los siete meses, nueve meses después nació mi hermana (mi abuela
Pepita siempre dijo que el nacimiento de mi hermana había sido “muy
justito”). A los dos años del nacimiento de mi hermana, ahí
estaba yo preparado para asomar mi descomunal cabeza al mundo.
Estando mi
madre embarazada de mí, mi abuela Margaret tuvo la ocurrencia de
suicidarse en Benidorm. Pero de una manera de lo más divertida: me
pongo varios jerseys y me meto en el mar, a ver si me ahogo un rato.
Mi madre tuvo que lidiar con reconocer el cadáver de su propia
madre, no muy mayor (menos de 60). Varado en la playa. Escalofriante
para cualquier persona. A los cuatro meses de esta experiencia tan
enriquecedora, nací yo (67). Quizá por eso se puede decir que era
el favorito de mi madre, aunque es posible que mis hermanos no hayan
caído en este detalle.
Por
entonces, mi madre tenía 29 años. Lógicamente, mi madre pasó por
momentos depresivos durante esa época. Tristeza. Sentimiento de
culpa. Dolor. La vida no le estaba
tratando demasiado bien, pero todavía le reservaba una maravillosa
sorpresa. A los 40 años un día empezó a cojear. Yo tenía 12 años,
y no entendía el motivo de esa cojera, pero ella sí debía saberlo:
esclerosis múltiple. Una enfermedad devastadora, progresiva, que
mantiene tus facultades mentales mientras ves que tu cuerpo se apaga
físicamente. De la cojera al bastón. Del bastón a la muleta. De la
muleta a las dos muletas. De las dos muletas normales, a las dos
muletas con refuerzo. Con estas dos muletas, a intentar retrasar lo
inevitable: la silla de ruedas. 15 años en silla de ruedas.
Mi madre
tuvo que soportar mucho dolor en su vida, desde su niñez. En su
juventud. En su madurez. En sus últimos días. Pero ella jamás
perdió la sonrisa, jamás perdió las ganas de disfrutar de la vida.
De disfrutar de una copa de vino rodeada de sus hijos, de disfrutar
viendo el mar y la playa que ya no podía recorrer. De ayudar a los
demás (católica convencida, no como los que celebran la comunión
de sus hijos y nunca vuelven a pisar una iglesia). De su fantástico
humor inglés, de sus amigos, de su perro. Mi madre era una persona
feliz.
Quiero
poner a mi madre como ejemplo de que todos nuestros problemas son
relativos. Que en la vida, lo importante es la actitud con la que la
afrentas. Que solo se viven dos días, y que debemos aprovecharla al
máximo. Que uno no elige dónde nace y dónde muere, pero sí como
vive (frase de mi hermano). Porque la vida sólo tiene una cosa
segura: todos vamos a morir.
Aunque haya
puesto como ejemplo a mi madre, quiero también poner como ejemplo a
mi padre. El ejemplo del amor sin fisuras, amor sin matices. Estuvo
cuidando de mi madre esos 15 o 20 años, muy duros. De enfermero. De
médico. De celador. De todo, aún a sabiendas que su vida estaba
castrada por la enfermedad de mi madre. No sé exactamente definir la
palabra amor, pero ver lo que ha hecho mi padre por mi madre me da
una idea clara de lo que realmente significa.
No voy a
poner fotos de mi madre. Por dos razones: la primera es porque no lo
considero oportuno, y la segunda porque la primera razón siempre es
la más importante.
TOBY
Qué decir
de mi primo Toby Churchill. La hostia, sin más. Mi primo Toby era
una persona físicamente “normal” (no sé qué es exactamente eso
de “normal”, pero me parece hasta despectivo para muchas
personas). Un joven con una vida estándar, con su vida estándar y
como cualquier otra persona. Nacido en Cambridge, hijo de padre
militar (mi tío Oliver) que combatió en la segunda guerra mundial
con cierto éxito (si se puede tener éxito en hacer algo que es
abominable de por sí). En unas vacaciones en Francia y tras bañarse
en un río, sufrió algún accidente vascular en su cerebro del que
nunca se supo la causa. Tenía 21 años.
Como
consecuencia del accidente, Toby perdió toda la movilidad de su
cuerpo excepto el brazo derecho, que mueve muy torpemente. Perdió el
habla. En resumen, se daban las condiciones necesarias para coger la depresión del siglo y tratar de
suicidarse a toda costa.
Pero no.
Toby no eligió eso. Toby eligió luchar. Vivir. Aceptar lo que le
había pasado. Con el tiempo, Toby acabó de completar su formación
en ingeniería electrónica. Creó una máquina para poder comunicarse
con los demás mediante un teclado (como la que usa Hawking
habitualmente). Ideó un vehículo para ser conducido con un
joystick, que el mismo llevaba. Creó una empresa para fabricar y
vender su máquina (con cinco empleados). Su casa estaba
perfectamente adaptada. Era autosuficiente, todo pensado para él y
para....su padre. Fue condecorado por la Reina de Inglaterra. Todo
con un brazo.
Toby
“conoció” a una chica norteamericana por internet. La chica
aceptó casarse con él (todos alucinábamos en casa). Tuvo una hija
con ella (para evitar suspicacias, diré que se parecía a él: se ve
que tenía otro movimiento escondido, aparte del brazo). Con el
tiempo acabó divorciándose de ella....para casarse de nuevo, esta
vez con una asiática. Por cierto, la primera mujer fue la anterior
alcaldesa de Cambridge (joder con mi familia inglesa...). Toby no
conoce la palabra depresión. No está en su diccionario. No le gusta
que le ayuden.
A los 15
años del “percance” de Toby, mi tío Oliver sufrió un derrame
cerebral que le dejó en silla de ruedas. También perdió el habla,
pero “sólo” se vio afectada la mitad de su cuerpo. Cuando estuve
en su casa, te rompía el alma ver como sonreía por cualquier cosa,
como reía y disfrutaba. Se le veía feliz. Contento. Con aspecto de
maravillosa persona, que lo era.
Al salir de
su casa, andaba jodido y deprimido. Pero por respeto a ellos, por
respeto a mi tía Ruth que tuvo que bregar con esta historia, decidí
deprimirme lo justo y necesario. No tenía ningún derecho a estarlo,
aunque entiendo perfectamente que haya gente que lo esté. No soy
quién para juzgar nada de nadie (excepto a algún personaje
público que lo merece, no en este caso), tan sólo pretendo ayudar a
los demás.
No voy a publicar fotos por la primera razón de antes. Pero si alguien está interesado, ambos están en wikipedia (Toby en más sitios, tan solo hace falta teclear su nombre).
No voy a publicar fotos por la primera razón de antes. Pero si alguien está interesado, ambos están en wikipedia (Toby en más sitios, tan solo hace falta teclear su nombre).
PARALÍMPICOS
Al que le
guste el deporte, siempre se alegrará de los éxitos de los
deportistas españoles en los juegos Olímpicos (ese es mi caso).
Supongo que más allá del patriotismo (detesto esa palabra), te
alegras porque ves como muy cercano que un tal Pau Gasol o Ruth
Beitia han tenido grandes éxitos (y muy merecidos en el caso de
ambos, soy muy fan de ellos). Son de los nuestros.
Pero voy a
dedicar unas palabras a la gente que se lo merece más: los
deportistas paralímpicos. ¿Alguien sabe como ha quedado España en
el medallero Paraolímpico? ¿Cuantos oros? ¿No?
Enhorabuena,
bienvenido al mundo real. Al mundo de lo perfecto. Al mundo donde se
prima el esfuerzo, claro, pero no igual para todos. Al mundo que crea
estrellas si dan dinero, si son guapas, guapos o simpáticos y sobre
todo si venden productos de merchandising a millones. Ese es nuestro
mundo, sin duda.
Pero si las
Olimpiadas valoraran de verdad lo que es el esfuerzo, el espíritu de
lucha, la superación personal, la cara de alegría desmedida al
recibir una medalla con medio brazo, una pierna, ceguera o parálisis,
creo que se debería reconocer que estos son los verdaderos
campeones, al menos de la vida.

Genial!! Muchas cosas no las sabía. Grande Rosemary!
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