sábado, 26 de noviembre de 2016

ANTIDEPRESIVOS



ROSEMARY

Me cuesta escribir sobre mi madre, y no me hace especial ilusión. Pero se lo debo. Mi homenaje es que perdure, aunque sea virtualmente. Pero no lo voy a hacer más.

Mi madre nació en Argentina en el año 1939, en el barrio de Temperley de Buenos Aires. Hija y nieta de colonos ingleses, por lo que más allá de su lugar de nacimiento, era inglesa de pura cepa. Su padre era militar del ejército británico, que participó activamente en la segunda guerra mundial (1939-1945). Como consecuencia de esto, mi madre conoció a su padre a los seis años, al finalizar la guerra. Aquí lo tienes, este es tu padre.

En el entretiempo, mi abuela Margaret conoció a otro hombre. Andreas Lauritz. Húngaro nacionalizado uruguayo, hombre de mundo que odiaba a los rusos (la URSS entonces), puesto que habían invadido su país. Era un hombre bastante guapo, hablaba seis idiomas y se le daban francamente bien las mujeres. Y con una filosofía de vida acorde: en vez de trabajar, mejor vivo de las rentas de las mujeres. Gran bebedor, como toda la familia de mi madre.

Parece que mi abuelo no sé tomo muy bien lo de mi abuela con el húngaro, por lo que (viviendo en Inglaterra) reclamó que los niños fueran con él. Entonces no era como ahora, si un hombre separado o divorciado pedía a los niños, era obligatorio para la madre hacerlo. Mi tío David (otro gran bebedor, vive en Canadá) y mi madre fueron a Inglaterra. Tres semanas de viaje en barco, y no precisamente en un crucero de lujo. Una niña de seis años entonces, que acabaría cogiendo el metro a los 9 años junto con su hermano de 11 para ir al colegio. Ni siquiera había Pokémon que buscar en el metro: la posguerra en Inglaterra fue terrible (dejaron de haber gatos por las calles).

Mi madre creció y vivió en Londres hasta los 25 años. Hasta que mi abuela Margaret (buena bebedora también) se jubiló anticipadamente (farmacéutica Roche) y se fue a vivir a Benidorm, junto con el húngaro. Entonces Benidorm era un pueblecito de pescadores, idílico. Mi madre se puso a trabajar de guía turístico, y en una de esas casualidades de la vida conoció a mi padre en Valencia. Se casaron a los siete meses, nueve meses después nació mi hermana (mi abuela Pepita siempre dijo que el nacimiento de mi hermana había sido “muy justito”). A los dos años del nacimiento de mi hermana, ahí estaba yo preparado para asomar mi descomunal cabeza al mundo.

Estando mi madre embarazada de mí, mi abuela Margaret tuvo la ocurrencia de suicidarse en Benidorm. Pero de una manera de lo más divertida: me pongo varios jerseys y me meto en el mar, a ver si me ahogo un rato. Mi madre tuvo que lidiar con reconocer el cadáver de su propia madre, no muy mayor (menos de 60). Varado en la playa. Escalofriante para cualquier persona. A los cuatro meses de esta experiencia tan enriquecedora, nací yo (67). Quizá por eso se puede decir que era el favorito de mi madre, aunque es posible que mis hermanos no hayan caído en este detalle.

Por entonces, mi madre tenía 29 años. Lógicamente, mi madre pasó por momentos depresivos durante esa época. Tristeza. Sentimiento de culpa. Dolor. La vida no le estaba tratando demasiado bien, pero todavía le reservaba una maravillosa sorpresa. A los 40 años un día empezó a cojear. Yo tenía 12 años, y no entendía el motivo de esa cojera, pero ella sí debía saberlo: esclerosis múltiple. Una enfermedad devastadora, progresiva, que mantiene tus facultades mentales mientras ves que tu cuerpo se apaga físicamente. De la cojera al bastón. Del bastón a la muleta. De la muleta a las dos muletas. De las dos muletas normales, a las dos muletas con refuerzo. Con estas dos muletas, a intentar retrasar lo inevitable: la silla de ruedas. 15 años en silla de ruedas.

Mi madre tuvo que soportar mucho dolor en su vida, desde su niñez. En su juventud. En su madurez. En sus últimos días. Pero ella jamás perdió la sonrisa, jamás perdió las ganas de disfrutar de la vida. De disfrutar de una copa de vino rodeada de sus hijos, de disfrutar viendo el mar y la playa que ya no podía recorrer. De ayudar a los demás (católica convencida, no como los que celebran la comunión de sus hijos y nunca vuelven a pisar una iglesia). De su fantástico humor inglés, de sus amigos, de su perro. Mi madre era una persona feliz.

Quiero poner a mi madre como ejemplo de que todos nuestros problemas son relativos. Que en la vida, lo importante es la actitud con la que la afrentas. Que solo se viven dos días, y que debemos aprovecharla al máximo. Que uno no elige dónde nace y dónde muere, pero sí como vive (frase de mi hermano). Porque la vida sólo tiene una cosa segura: todos vamos a morir.

Aunque haya puesto como ejemplo a mi madre, quiero también poner como ejemplo a mi padre. El ejemplo del amor sin fisuras, amor sin matices. Estuvo cuidando de mi madre esos 15 o 20 años, muy duros. De enfermero. De médico. De celador. De todo, aún a sabiendas que su vida estaba castrada por la enfermedad de mi madre. No sé exactamente definir la palabra amor, pero ver lo que ha hecho mi padre por mi madre me da una idea clara de lo que realmente significa.

No voy a poner fotos de mi madre. Por dos razones: la primera es porque no lo considero oportuno, y la segunda porque la primera razón siempre es la más importante.


TOBY

Qué decir de mi primo Toby Churchill. La hostia, sin más. Mi primo Toby era una persona físicamente “normal” (no sé qué es exactamente eso de “normal”, pero me parece hasta despectivo para muchas personas). Un joven con una vida estándar, con su vida estándar y como cualquier otra persona. Nacido en Cambridge, hijo de padre militar (mi tío Oliver) que combatió en la segunda guerra mundial con cierto éxito (si se puede tener éxito en hacer algo que es abominable de por sí). En unas vacaciones en Francia y tras bañarse en un río, sufrió algún accidente vascular en su cerebro del que nunca se supo la causa. Tenía 21 años.

Como consecuencia del accidente, Toby perdió toda la movilidad de su cuerpo excepto el brazo derecho, que mueve muy torpemente. Perdió el habla. En resumen, se daban las condiciones necesarias para coger la depresión del siglo y tratar de suicidarse a toda costa.

Pero no. Toby no eligió eso. Toby eligió luchar. Vivir. Aceptar lo que le había pasado. Con el tiempo, Toby acabó de completar su formación en ingeniería electrónica. Creó una máquina para poder comunicarse con los demás mediante un teclado (como la que usa Hawking habitualmente). Ideó un vehículo para ser conducido con un joystick, que el mismo llevaba. Creó una empresa para fabricar y vender su máquina (con cinco empleados). Su casa estaba perfectamente adaptada. Era autosuficiente, todo pensado para él y para....su padre. Fue condecorado por la Reina de Inglaterra. Todo con un brazo.

Toby “conoció” a una chica norteamericana por internet. La chica aceptó casarse con él (todos alucinábamos en casa). Tuvo una hija con ella (para evitar suspicacias, diré que se parecía a él: se ve que tenía otro movimiento escondido, aparte del brazo). Con el tiempo acabó divorciándose de ella....para casarse de nuevo, esta vez con una asiática. Por cierto, la primera mujer fue la anterior alcaldesa de Cambridge (joder con mi familia inglesa...). Toby no conoce la palabra depresión. No está en su diccionario. No le gusta que le ayuden.

A los 15 años del “percance” de Toby, mi tío Oliver sufrió un derrame cerebral que le dejó en silla de ruedas. También perdió el habla, pero “sólo” se vio afectada la mitad de su cuerpo. Cuando estuve en su casa, te rompía el alma ver como sonreía por cualquier cosa, como reía y disfrutaba. Se le veía feliz. Contento. Con aspecto de maravillosa persona, que lo era.

Al salir de su casa, andaba jodido y deprimido. Pero por respeto a ellos, por respeto a mi tía Ruth que tuvo que bregar con esta historia, decidí deprimirme lo justo y necesario. No tenía ningún derecho a estarlo, aunque entiendo perfectamente que haya gente que lo esté. No soy quién para juzgar nada de nadie (excepto a algún personaje público que lo merece, no en este caso), tan sólo pretendo ayudar a los demás.

No voy a publicar fotos por la primera razón de antes. Pero si alguien está interesado, ambos están en wikipedia (Toby en más sitios, tan solo hace falta teclear su nombre).

PARALÍMPICOS





Al que le guste el deporte, siempre se alegrará de los éxitos de los deportistas españoles en los juegos Olímpicos (ese es mi caso). Supongo que más allá del patriotismo (detesto esa palabra), te alegras porque ves como muy cercano que un tal Pau Gasol o Ruth Beitia han tenido grandes éxitos (y muy merecidos en el caso de ambos, soy muy fan de ellos). Son de los nuestros.

Pero voy a dedicar unas palabras a la gente que se lo merece más: los deportistas paralímpicos. ¿Alguien sabe como ha quedado España en el medallero Paraolímpico? ¿Cuantos oros? ¿No?

Enhorabuena, bienvenido al mundo real. Al mundo de lo perfecto. Al mundo donde se prima el esfuerzo, claro, pero no igual para todos. Al mundo que crea estrellas si dan dinero, si son guapas, guapos o simpáticos y sobre todo si venden productos de merchandising a millones. Ese es nuestro mundo, sin duda.

Pero si las Olimpiadas valoraran de verdad lo que es el esfuerzo, el espíritu de lucha, la superación personal, la cara de alegría desmedida al recibir una medalla con medio brazo, una pierna, ceguera o parálisis, creo que se debería reconocer que estos son los verdaderos campeones, al menos de la vida. 

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