jueves, 5 de octubre de 2017

DAÑOS CEREBRALES



Este domingo se cumplen tres años. Tres años ya de aquel fatídico día en el que cambió mi vida y la de los que me rodean. En los que uno se da cuenta de que estamos de paso, que nadie se acordará de nosotros dentro de escasamente tres generaciones (no sé ni como se llamaban mis bisabuelos). Y sobre todo, que la vida es efímera y desgraciadamente para muchos, corta.

Era un miércoles, 8 de Octubre. Llegué con cierta energía, dispuesto a podar las ramas de la morera del vecino que asomaban en nuestro jardín. Al ser de hoja caduca el arbolito de marras, es bastante engorroso tener que recoger las hojas en invierno (más teniendo en cuenta que no era nuestro árbol). Cogí una radial para cortar las ramas, y también la escalera de aluminio para poder llegar. La escalera era pequeña, así que decidí coger otra más grande, de madera, que llevaba tiempo guardada a la intemperie. La inspeccioné de arriba abajo, la coloqué bien: no noté nada especial, y por supuesto no cometí ninguna imprudencia.

Dos metros y medio de alto, y ya en el último peldaño. A punto de encender la radial, la escalera reventó (la madera estaba húmeda por dentro) y allá me fui de cabeza contra el suelo de cemento. Me pegué en el hueso occipital (parte trasera de la cabeza), y se rajó el cráneo hasta la parte delantera. El golpe me produjo un derrame cerebral en esa parte delantera del cráneo, afectando al área del comportamiento...

Estuve cinco o diez minutos sin conocimiento (no vi ningún túnel ni memeces de ésas), hasta que me despertaron entre la familia y los lametones de la perra. Nada más levantarme, le di un empujón al vecino, que había oído el golpe y vino a casa corriendo. Ya tenía afectada el área del comportamiento al parecer...

Llamaron en casa a la ambulancia. Yo no lo entendía, pues me encontraba bien. Eso sí, notaba que en medio del cráneo me estaba saliendo una cresta como la del de Diverxo, pero sin pelo. No le di importancia. La ambulancia llegó, me pusieron un collarín y para el hospital...

Debí darles un buen viajecito a los de la ambulancia, pues cuando llegué, le preguntaron a mi querida Paz (que iba en otro coche) que si yo era su marido, como diciendo: " Vaya lo que se lleva, señora. Uf ". En fin, que no acabaron de entender mi agudo sentido del humor.

Y para adentro. Me encantan los hospitales, son siempre la antesala de inolvidables noticias de mierda. Total, me llevaron a la UCI, me entubaron y me llenaron de dispositivos típicos que más parecen elementos de tortura que otra cosa. Y me dejaron solo...

¡Qué error! ¡Dejarme solo! Se supone que estaba vigilado, pero no demasiado. Me entraron ganas de ir al baño (lo que se conoce como "mear"), me quité todos los tubos, gomas, sondas y cacharritos varios y me fui ligerito de ropa (comúnmente conocido como "en pelotas") buscando un baño por todo el hospital. Hasta que alguien me agarró por el brazo y no me acuerdo más de esa noche. Según me contaron, lié una gordísima en la habitación cuando me fui de paseo, y seguramente me debieron drogar y atar unos cuantos días que apenas recuerdo vagamente...

Mientras tanto, mi querida Paz hablaba con los doctores sobre mi estado: "si la vena que tiene hinchada en la cabeza se le abre, se puede morir". Y yo por ahí en pelotas, y liando la mundial...Una durísima noche para ella, la vida te cambia en dos segundos (como a tantas personas les ha pasado).

Podréis entender que la vena no acabó de reventar, pasó el peligro y estuve quince días más en el hospital (debería haber estado más tiempo). Eso sí, al afectar el área del comportamiento de mi cerebro, digamos que pasé unos cuantos meses diciendo lo primero que se me ocurría, sin filtro social. Para entendernos, todos podemos pensar en un momento dado cualquier chorrada o burrada surrealista de alguien, pero nos lo guardamos para nuestros adentros. Pero con el cerebro afectado, te vuelves menos "tímido" y más lenguaraz.

Enfermera que entraba en la habitación, fuera alta o baja, rubia o morena, feo o guapa....era "follable". Se lo dije a todas (sin distinciones, hay que ser caballero ante todo), con Paz delante como testigo de mi carisma y mi nuevo "sex-appeal" adquirido. Afortunadamente, las enfermeras estaban acostumbradas a estas lides, por lo que no le daban más importancia (bueno, a veces me ponían unas inyecciones muy dolorosas, con una jeringuilla que parecía para vacas...venganza quizás).
Por supuesto, todos los días intentaba escaparme e irme a casa con el pijama ese tan sexy que te ponen, con el culo al aire. Y claro, las enfermeras hacían un muro para que no pudiera irme: agachaba la cabeza y vuelta a la habitación.

Al neurocirujano que me trató, de origen sudamericano, me dio por llamarle "Athaualpa Yupanqui", cantautor argentino cuyo nombre residía por alguna razón incomprensible en el subdirectorio de mi cabeza llamado "Papelera de Reciclaje". Me miraba raro y no se reía. Tampoco entendió mi peculiar sentido del humor. De la misma manera, mi jefe se sorprendió cuando, al verle con un "blazer", le pregunté si venía "de marinero". También le afeé el no haberme traído bombones ("pues vaya mierda de visita", le solté: se fue corriendo a sacar una chocolatina a la máquina, mientras pensaba en tener que contratar a alguien con cierta urgencia).

Mil anécdotas más, que hasta hoy en día voy descubriendo con cierta sorpresa. Unos meses muy muy complicados para Paz y Rubén y resto de familia. Un año jodidísimo que pasé tanto mentalmente (a los hechos me remito), como físicamente (el tratamiento me dejó "ko"). Un  año en el que pensé que nada volvería a ser como antes, que ya estaba condenado físicamente de por vida. Un año en el que tuve tiempo suficiente para interesarme por el cerebro y el comportamiento humano, para quedarme fascinado por lo que tenemos ahí arriba. Un ordenador a veces incomprensible, difícil de entender, pero con sistemas operativos parecidos.

Me quedó alguna secuela. A los seis meses me di cuenta de que había perdido el olfato, el sentido del gusto revirado, unos acúfenos potentes y por lo que me dicen, bastante más cariñoso y accesible que entonces. Y que no cambie.

Y siempre daré las gracias por su paciencia y ayuda a los de mi casa, familia y amigos que estuvieron a mi lado. Y seguiré escribiendo y dando la lata hasta que me muera, que bien podría ser mañana, hoy, en un rato o en veinte años. ¿Quién lo sabe?






lunes, 2 de octubre de 2017

MICROS (Y 4)





Nunca tuve aprecio a la vida. Pero te fuiste primero, y ahora quiero vivir para seguir llorándote.

Quisiera que mis principios no me impidieran llegar hasta el final en tantas ocasiones. Quizá me esté perdiendo cosas que no tendré ocasión de valorar.

La vida puede y debe ser fascinante. Pero cuando ves un uniforme de Mercadona, acabas relativizándolo todo.

Entonces me pareció maravillosa. Con el paso de los años, acabé maravillándome de la paciencia que tuve soportándola tanto tiempo.

Dicen que compartimos el 98% de genes con los chimpancés. Quizá esa es la razón por la que aprecio tanto a mis cuñados.

Se quedó mirándome un buen rato, la mirada como perdida en algún sitio. Creo que estaba drogada. O quizá decepcionada con su existencia.

Vivía en una nube, flotando. Pero nada se puede hacer contra la ley de la gravedad: la caída fue terrible. Ya no quise probar a volar más, las heridas del amor son las más dolorosas.

A veces, la vida se empeña en hacer difícil lo que es muy muy simple: vivir.

Si te pasas la vida esperando a que pase algo, lo único que verás pasar es la propia vida.

Siempre admiré a los que destacaban, incluso por su estupidez: no es tan fácil ser tan tonto.

Ante una disparidad de criterios, es mejor no utilizar la violencia: cuánto menos sufra, mejor. Cianuro, por ejemplo. Y fin de la discusión.