Hoy se cumplen tres años. En realidad dos, debido a mi pequeño accidente craneal que me mantuvo fuera de combate, justo después de que te fueras de viaje.
Aunque hoy me vea todo el mundo contento, nadie notará como estoy por dentro. Llevo todo el día trabajando duro, mejor, pero tenía esta cuenta pendiente. La razón de escribir no fue más que darte un homenaje virtual, que perduraras. Y de paso, explotar mi rabia acumulada ante las cosas injustas. Tuve una buena maestra.
No sé cuando te olvidaré, seguramente cuando me muera. Mientras tanto, te morirás cuando a mi me dé la gana. No tienes derecho a desaparecer de mi vida ni de mis pensamientos sin más. Me enseñaste lo que es justo en la vida, y ésto lo es.
Nadie es eterno. Y llega un momento que te encuentras en el medio de la nada, te tienes que ocupar de los hijos, y también de los padres. Todos vamos a morir, debemos disfrutar de la vida todo lo que podamos (sin hacer daño a terceros), pues solo te da una oportunidad. No olvidemos que algún día, nuestros padres se irán (o se han ido), y caeremos en la cuenta que no nos dio tiempo a decirles lo mucho que les queríamos, lo mucho que teníamos que agradecerles, lo felices que estábamos a su lado.
Como yo quise decirte, mamá, y no pude en aquellos putos 37 días de sufrimiento.
(Dedidado a Paz y a Laura. Estuvisteis. Suficiente para que os quiera para siempre)
No es ruido, es algo más. Difícil comprenderlo si no eres de allí, de Valencia. No se acaba de entender esa especie de locura colectiva, gente que es capaz de esperar más de dos horas para cinco minutos de éxtasis.
Cinco minutos en los que nada importa. Cinco minutos en los que nadie juzga a nadie, en los que da igual si el que tienes al lado es negro o blanco, de izquierdas o de derechas, de aquí o allá, guapo o fea, español o extranjero.....cinco minutos de gloria.
Dos horas de espera, dos horas de ilusión y felicidad, de nostalgia y de alegría contenida. Ansiedad. Y cinco minutos de clímax continuado, esperando el soñado orgasmo final multitudinario.
La mascletá. Difícil de entender y definir, aunque resulta más fácil cuando sin saber por qué, brotan lágrimas de tus ojos y de la gente que quieres. Pelos de punta, euforia que desborda, amor por los que te rodean...ilusión. Y la vida sin ilusión, no es nada.
No es solo ruido, no lo es. Es algo que se lleva grabado en las venas y enmudece tus demonios, derrota cualquier pena aunque sea momentáneamente. Te olvidas de los malos tiempos, de todo.
Ruido. Experiencia siempre inolvidable.
Esta semana ha muerto Pablo Ráez, el conocido joven malagueño abanderado de la lucha contra la leucemia. Gracias a su incansable lucha por vivir, ha conseguido que se multipliquen en España las donaciones de médula. Gracias a esa ilusión por la vida, otros muchos podrán mantenerla aunque él haya perdido la batalla.
Grandísimo ejemplo el de Pablo, de su demostración de esfuerzo ante lo inevitable, de su ausencia de egoísmo hacia los demás, de no aceptar la derrota sin más, de no irse de este mundo sin patalear. De iniciar una campaña viral tan sorprendente como efectiva, tan triste como admirable.
Mi corazón está y estará con Pablo.
Esta misma semana, también he visto un acto de valentía. Daniel, de Cáceres, ha matado a su padre. Su padre llevaba 40 años maltratando a su madre. Pegándola. Vejándola. Haciendo sufrir en silencio a toda la familia, los tres hermanos. Una escopeta fue suficiente, Daniel ha declarado: "ahora mi madre podrá descansar". Su madre y sus hermanos le han felicitado, reconociendo su coraje.
Daniel está ahora en la cárcel, y hay un movimiento ciudadano para que lo indulten.
Mis tripas están y estarán con Daniel.
En la vida, siempre es mejor tener la actitud de Mahatma Gandhi para resolver un problema. Pero a veces, no queda más remedio que acordarse del Ché Guevara.