viernes, 10 de julio de 2020

MIS TRIBULACIONES EN OLMEDO

Otros conductores esquivaron antes al peatón que falleció ...


Todo empezó durante la ejecución de un proyecto largo y laborioso en Valladolid. Después de un mes de duro trabajo, para la semana siguiente todos los hoteles de la ciudad estaban completos, debido a la feria internacional de ovejas churras o merinas, o algo así...

Decidí buscar un hotel lo más cercano al trabajo, sin necesidad de demasiados lujos, puesto que mi horario de trabajo era de siete de la mañana a diez de la noche. Rastreé los alrededores, y encontré una casa rural con buena pinta en Olmedo, a 35Km. más o menos. Llamé, reservé y quedé con el dueño (un tal Sr. Pedro) a las diez de la noche del lunes para tomar posesión de mi presunta “suite”.

A las diez en punto estaba en la entrada de la casa rural, una verja metálica corredera que estaba cerrada. Llamé al timbre varias veces, sin respuesta. Llamé por teléfono al tal Sr. Pedro: tampoco. A las diez y cuarto, me fui cabreado de allí a un hostal en el que había dormido unos quince años antes.

Las diez y viente: el hostal estaba cerrado, así que me dí otra vez la vuelta hacia la casa de mis sueños. Y de repente, apareció el tal Sr. Pedro:

-         - "Hola, buenas noches. ¿Es usted Ricardo? Perdón por el retraso, es que tenía que dar de comer a los caballos..."

-        - "No hay problema", le respondí. Aunque en ese momento, ya cansado, me dio por acordarme no muy sutilmente de su madre, de los caballos y de algún santo.

Abrió la verja, y pude ver que la parcela tenía una extensión enorme, con multitud de árboles y varias casas. Era de noche, pero parecía un sitio agradable. Como mi estómago pedía guerra, le pregunté si sabía de algún sitio cercano para cenar. De repente, mientras hablaba con él y detrás de un árbol, apareció fugazmente un hombre y me preguntó:

- "¡Hola, amigu! ¿Tienes fuego?"

- "Sí, claro".

Por un momento llegué a pensar que debía ser su hijo, pero lo descarté por su aspecto y quizá por su extraña manera de pronunciar “amigo”. Seguí con la pregunta al tal Sr. Pedro:

-"Entonces, ¿dónde puedo cenar a estas horas?"

-"Sí, mira. Al lado de la gasolinera hay una bar donde podrás cenar bien, te hacen lo que quieras. Por cierto, vengo de allí de tomarme un vino (¿no eran los caballos, cabrón?) y no se lo he pagado. Dile que vas de parte de D.Pedro y le das un euro. Espera que te doy el euro".

-"No es necesario, ya se lo pago yo (suponiendo que me lo daría en otro momento). Primero, me gustaría ver la habitación".

-"Sí, sí. Claro, claro".

La habitación estaba al final de la parcela, recorriendo un pequeño sendero entre árboles y aperos de labranza. Todo muy rústico. Llegamos a unos pequeños soportales en los que se apreciaban cinco estancias juntas, no podría decirlo con exactitud puesto que todo estaba bastante oscuro, y las habitaciones no estaban numeradas. Para saber cual era la mía, tomé como referencia una barbacoa que estaba enfrente. Eché un vistazo a la habitación, grande y de estilo castellano decadente. Solté la maleta y me fui a cenar. Mientras desandábamos el camino hacia la salida, me dijo:

-"Hay piscina, por si quieres darte un baño".

-"Gracias, pero no me veo a las diez de la noche bañándome ( y menos en compañía de mi “amigu”...)".

Fui al bar recomendado por la guía TrypPedro, y encontré más o menos lo que suponía: el típico bar de carajillos, de gente hablando de caza o del Madrid, de ésos bares con la paleta matamoscas sobre la barra y la tele al fondo, con un programa de Telecinco de los que te entran ganas de asesinar en legítima defensa. Me dirigí al camarero, hombre de rostro enjuto y zahíno, de tez negruzca y merecedor de una portada de El Jueves:

-"Hola, D. Pedro ha estado aquí antes, me ha dado un euro de un vino o algo. Aquí lo tienes. ¿Qué puedo cenar?"

-"Vale, gracias. Tenemos bocadillos".

- "Bien, pues uno de bacon y una cerveza, por favor".

- "Vale".

No soy persona de entablar conversaciones en los bares, pero nunca me deja de sorprender ese gracejo, ese arte, esa simpatía que exudan algunos camareros castellanos por los cuatro costados. No sabes si pedirles una caña, o darles el pésame antes. No hice ascos al bocadillo, puesto que todos los días iba a comer un sandwich de la máquina del trabajo, una de esas comidas que te hace pensar que, si verdaderamente existe la reencarnación, antes yo debía ser muy hijoputa.

Una vez llenado el buche, volví al gran rancho Bonanza. El sendero, de unos cincuenta metros, estaba iluminado. Llegué  a los soportales, y fue cuando me di cuenta que la referencia que había tomado (la barbacoa), era una mierda. Ni idea cual de las habitaciones era la mía. Todo estaba oscuro, probé en una habitación con cuidado (no vaya ser que volviera a ver a mi “amigu”) pero no abrió la puerta. Probé en otra, y tampoco. A la tercera, ábrete Sésamo, pero sin tesoros.

Por fin me tumbé en la cama, me arropé y cogí el mando de la tele. Pero la tele no se encendía, me levanté de la cama y la encendí manualmente. Es entonces cuando comprendí que el mando que había era de la TDT, ni rastro de mando de la tele. Mando para una TDT, lo que hay que ver...muy acorde con semejante decoración vanguardista.

A la mañana siguiente, martes, salí a las seis y media. Esta vez dejé la luz encendida, para así poder saber cual era mi habitación por la noche. Cerré la puerta, y noté algo extraño: no había luz en toda la parcela. Los cincuenta metros del senderito, iluminados con la linterna de mi móvil. Me encanta el surrealismo, pero ésto empezaba a ser excesivo...

Antes de llegar al trabajo, busqué un sitio en el pueblo para desayunar: todos los bares cerrados. Cabizbajo, hundido en la miseria y volviendo a acordarme de algún santo, tuve que desayunar en la máquina de los sandwiches del trabajo, con la que ya empezaba a tener una relación amor-odio interesante. Como era preceptivo, a la hora de comer seleccioné una delicatessen de sandwich de surimi de cangrejo con mayonesa o similar, producto idolatrado por los fabricantes de medicamentos estomacales. Pero tenía un convencimiento y una esperanza: ¡hoy ceno bien, se acabaron las miserias!

Llegué a mi querido Olmedo a las diez de la noche. Había visto a la salida del pueblo un mesón que se anunciaba como horno de leña. Era el momento, era la noche, era una conjunción de astros, era la luna sobre la playa, era...vaya, pues no.

El mesón estaba lleno, por lo que opté por cenar en la terraza. En la puerta, había un libro con cierta apariencia, muy acorde a las características del mesón. Tapa dura, ilustrado, caligrafía gótica y hojas envejecidas: ¡el menú! Mientras mis jugos gástricos se preparaban para el banquete, elegí comer un entrecot a la brasa. Con sus vetitas de grasa, su sal gorda, poco hecho pero bien tostado por fuera...Me senté, y vino una camarera joven y dispuesta:

- "Hola, buenas noches. ¿Desea cenar?"

- "Sí. Un entrecot, por favor. Poco hecho."

- "Lo siento, no hay entrecot."

- "¡Pero si aparece en la carta!"

- "¿Qué carta? ¡Ah, ésa! Es que está de adorno..."

- "¿De adorno? Madre mía...¿Qué puedo cenar, que sea carne?"

- "Tenemos filete y codillo".

- "¿Qué me recomiendas?"

- "El codillo dicen que está muy bueno..."

- "Pues codillo".

He de decir que dudé un momento, pues no me sonaba que el codillo fuera una comida típica de la región, pero me pareció mejor alternativa que el filete. Me puso una cerveza y unas aceitunas mientras esperaba. Después de haberme comido todas las aceitunas y mosquearme con el retraso, la vi acercarse con el plato del codillo, que no parecía excesivamente grande...

Y puso el plato. Y lo miré. Y maldije mi mala suerte con lo que vi, volviendo a la teoría de mi reencarnación. No daba crédito. Pero como ancha es Castilla, y más ancho mi estómago, di buena cuenta de él. Se acercó la camarera:

- "¿Qué tal estaba el codillo, señor?"

- "Bien. Es el que he comido en casa algunas veces, el de Mercadona. Pero suelo comerme los dos que vienen en el paquete, no solo uno".

- "Ah".

Vaya, parece que el listillo del cliente se ha dado cuenta, debió pensar. Habrá que hacer algo...

- "¿Desea postre?"

- "No, gracias".

- "¿Café?"

- "No, gracias".

- "Para compensar la espera, la casa le invita a un chupito".

- "No, gracias. La cuenta, por favor".

Digamos que no andaba de muy buen humor, pensando que había cenado mejor (y más barato) en casa TrypPedro que allí. Dejé de propina el equivalente a 0 pesetas en euros. Me fui a la mansión de los Plaff, con ganas de olvidar ese día, con ganas de dormir. Exhausto.

Llegué al rancho. Abrí la verja, de nuevo el senderito y otra vez en los soportales del averno, pero con ventaja: veía luz en mi habitación por la rendija de la ventana, y abrí sin problemas ni confusiones. Entré, y directamente me eché a reír. Pensé que alguien había dormido en mi cama, hasta que me di cuenta que la habitación estaba exactamente como la dejé. Nadie había entrado. No soy persona exigente ni con aires de grandeza, pero en ese momento deseé ser el Marqués de Sade. Me consolé pensando que sin duda no me habían robado, pero fui corriendo al baño a ver las existencias de papel higiénico, por aquello del racionamiento durante la semana...

Miércoles, seis y media. A trabajar. Vuelvo a dejar la luz de la habitación encendida, y de nuevo a oscuras con mi móvil como linterna por el senderito. Desayuno en mi querida máquina del trabajo, los días empezaban a parecerse unos a otros como en la película del día de la marmota.. Para comer, tuve más suerte con mi sandwich gourmet: jamón y queso (es un suponer), frío como el hielo, insípido y seguramente insalubre. Esa noche decidí cenar en otro sitio de mi querido Olmedo, dejando a un lado consejos de TrypPedro y mesones de carne de leña sin carne. Fui al hostal que me encontré cerrado el lunes, y pregunté al camarero:

-"Buenas noches. ¿Tiene bocadillos?"

-"Esos dos", me contestó mientras señalaba dos minibocadillos en un plato tapado con una campana de cristal.

- "¿Me puede hacer un bocadillo, por favor?"

- "No. Solo me quedan esos dos. Estamos en fiestas".

- "¿En fiestas? Vale, pues esos dos..."

No acabo de entender que en una fiesta no se hagan bocadillos en un bar, pero quizá es que soy muy tiquismiquis. Me comí los dos minibocadillos que debían estar buenos el día que se prepararon, y volví a dejar de propina el equivalente de 0 pesetas en euros. No había manera de cenar en ese pueblo “en fiestas”.

Una vez terminada la pantagruélica cena, emprendí el camino al boulevard de mis sueños rotos. Verja, senderito y soportales. Pero esta vez, un pequeño contratiempo: la luz de la habitación estaba apagada y era imposible saber cuál era la mía, para variar. Probé con la llave en una habitación, y no abría. Fui a probar en otra, pero oí la voz de mi “amigu” antes de poner la llave en la cerradura. Por fin, de nuevo a la tercera lo conseguí. Supuse que habían entrado a limpiar la habitación y por eso la luz estaba apagada. Pero para mi sorpresa, todo estaba igual. El ecologista convencido del tal Sr.Pedro había entrado solo para apagarla. Todavía quedaba papel higiénico y champú, aunque es probable que ese champú fuera el que utilizaba con los caballos, vista la suavidad con la que se deslizaba por mi piel...

Jueves, un día menos para salir del purgatorio. Una rutina que, prologada en el tiempo, me haría prender fuego al rancho y quizá al pueblo entero sin pre-aviso, empezando por sus restaurantes. Seis y media, senderito con móvil, desayuno en mi máquina. Para comer, fiesta: sandwich de jamón con salsa indeterminada, paquete de ruffles y un huesitos. Lo que se dice tirar la casa por la ventana, darlo todo, llorar de alegría. Esa noche, decidí no volver a cenar en mi querido Olmedo, por lo que nada más salir del trabajo, me fui a cenar a un bar de Laguna de Duero. La emoción me embargaba: ¡tenían bocadillos de lo que quisiera! Y el camarero era capaz de decir más de cinco palabras seguidas, al menos enumerando los distintos bocadillos. Feliz.

Después de semejante manjar, tocaba volver al jardín de las delicias. Por supuesto, la luz de la habitación estaba apagada, por lo que tuve que indagar entre los soportales. Afortunadamente, se oían voces en “Casa Amigu”, por lo que pude abrir la puerta a la primera tentativa. Bien, la vida me sonreía. Entré en mi habitación, que por supuesto seguía sin limpiarse y con la cama tal cual. No es de descartar que así estuviera desde el Medievo, vista la decoración minimalista del aposento.  

Al día siguiente, quedé con el tal Sr.Pedro para pagar sobre las tres de la tarde. A las seis y media de la mañana no era posible, ya que a esa hora podría estar dando de beber vino a los caballos mientras él comía alfalfa, y tuve que acercarme a propósito. Una vez cerrado el pago, vino la preguntita en cuestión:

- "¿Qué tal lo ha pasado estos días?"

- "Bien, bien (para que decir nada, si no pensaba volver más). Lo único lo de la luz por la mañana, que no se ve nada por el sendero".

- "¿Cómo que no?¿Pero a que hora sale usted?"

- "A las seis y media".

- "Ah, es que a esa hora, es muy pronto".

- "Es posible, sí. Debe ser que el pueblo está en fiestas. Adiós".

- "¿Volverá?"

- "Sí, y recomendaré el sitio (no pareció entender esto último)".

Por fin se terminó la semana. Dejé atrás a este maravilloso pueblo, de cuyo nombre no quiero acordarme, y me fui para casa pensando por el camino que había protagonizado una película de Almodóvar sin darme cuenta.

Y no, no me devolvió el euro.

martes, 19 de mayo de 2020

CONFINADOS




El ritual ya se había convertido en rutina: guantes, mascarilla y bolsa de tela negra mil veces lavada y probablemente odiada. Peaje previo antes de salir de casa, anticipando con ansiedad una frenética aventura de emociones sin límites: tirar la basura, comprar pan e ir al estanco, el triatlón reinventado de estos inolvidables días.
Primera etapa: contenedor. Veo que se me acerca un hombre de unos setenta años, bien vestido, pulcro y con expresión risueña. Y preguntando....

- "¿Usted fuma?"

Teniendo en cuenta que me acababa de encender un cigarro, me pareció una pregunta algo obvia...

- "Sí", le contesté.
- "¿Me podría dar un cigarrillo, por favor?"
- "Lo siento, me he dejado el tabaco en casa, no tengo ahora mismo."
- "Gracias de todas maneras."

Segunda etapa: tabaco. Para estirar un poco las piernas, me acerqué al estanco dando un pequeño rodeo, me esperaba una cola de personas menos larga de lo habitual, un alivio. Según me iba colocando el último, coincidí al mismo tiempo con el señor que me había pedido un cigarrillo en el contenedor.  Entendí que iba a comprar....pero no.

- "Hola, buenos días. ¿Usted fuma?"
- "Hola, ya le dije que sí hace un rato...."
- "¿Y qué tabaco fuma?"
- "Lucky."
- "¿Lucky? Yo fumo Fortuna, pero me vale. ¿Va a comprar?"
- "Sí, es la cola del estanco."
- "¿Y me dará uno?"
- "Sí, claro."

En ese momento, en un alarde de perspicacia, intuición y poderosa capacidad de deducción, me di cuenta que el entrañable señor no acababa de entenderse con su propia cabeza. Aunque a diferencia de otras personas, a él sí se le notaba. Se puso en la cola detrás de mí, esperando a que le diera el cigarro. Volvió a preguntar:

- "¿Sabe si hay autobuses?"
- "Me imagino que sí, pero no le puedo decir."
- "¿Y sabe dónde hay un bar para tomarme un café?"
- "Estamos en estado de confinamiento, señor. No hay ningún bar abierto."
- "Ah, vale. ¿Va a comprar tabaco?"
- "Sí, ahora mismo..."

 Mientras esperaba, otro hombre se puso a la cola. Entonces escuché unas preguntas que me resultaron familiares:

- "¿Usted fuma?", dirigiéndose a mi nuevo compañero de extrañezas.
- "Sí, voy a comprar. Le puedo dar un cigarro si quiere."
- "¿Y qué fuma?"
- "Ducados."
- "No me gusta el Ducados. Ese señor me va a dar un Lucky, pero yo fumo Fortuna."

Mi vecino de mascarillas cruzó mirada de perplejidad conmigo, y quizá imbuido por ese carácter particular que dan los años de fumar tabaco negro, le contestó:

- "Pues como dicen en mi pueblo: cuando no hay lomo, de todo como."
- "Está bien, lo guardaré para luego. ¿Sabe si hay autobuses?"
- "No lo sé, señor, lo desconozco. ¡Y haga el favor de guardar la distancia de seguridad!"
- "Sí, sí. Gracias."

Ya era mi turno, entré en el estanco con la intención de comprar un cartón. Por mi cabeza pasó la molestia de tener que abrir el cartón y luego un paquete para un miserable cigarrillo, todo ello aderezado con preguntas algo repetitivas. Compré otro paquete.

- "Tome. Aquí tiene, un paquete de Lucky."
- "Pero....no, no hace falta. Sólo quiero un cigarrillo."
- "Déjelo, da igual."
- "Muchas gracias. ¿Hay autobuses hoy?"
- "No lo sé, hasta luego señor."

El hombre, que en ningún momento de la mañana había dejado de sonreír, se despidió. Y me hizo pensar que quizá la verdadera felicidad consiste en no ser muy consciente de lo que pasa a nuestro alrededor, y dejarse guiar por nuestro propio mundo interior...