viernes, 26 de octubre de 2018

DE SETAS Y ALUCINACIONES





Todo empezó el sábado, en la Serranía de Cuenca. Con unos amigos de esos que no abundan, los que son de siempre y para siempre. Nuestro plan era sencillo: pasar un fin de semana entre montañas, descubriendo los infinitos placeres que nos ofrece la naturaleza, y con el objetivo de recolectar toda seta comestible y sabrosa que se nos pusiera a nuestro alcance.

La cesta de las setas quedó llena, después de una larga jornada. Níscalos, boletus y rebozuelos quedaban citados para la noche del domingo con nuestros estómagos, expectantes. Nos despedimos de Cuenca, e iniciamos camino de vuelta.

Ya en casa, no esperamos ni diez minutos para preparar las setas: quitar la tierra, limpiar y trocear. Ajo, perejil, jamón....sartén. Una delicia. Las degustamos con placer, y fui a descansar merecidamente al sofá. Me quedé dormido y empecé a notar algo raro, algo estaba ocurriendo en el salón, y no daba crédito. Las paredes habían cambiado, un cardumen de peces voladores giraba alrededor de un pino emergente en el centro del salón y todo parecía flotar. Entraba en otra dimensión.

Sobre el sofá, recostado y con una pipa lacada entre sus labios, un orangután vestido con sotana devoraba con avidez un ejemplar de “la evolución de las  especies” de Darwin. Con sus gafas de presbicia, me miró, me hizo un guiño y sonrió. A sus pies, un dragón de comodo enfundado en lencería roja manejaba el mando a distancia con precisión mientras comía pipas, prestando atención a un documental sobre unos seres humanos que mataban a otros...

En el otro lado del salón, cada vez más grande y asemejándose a un palacio, un grupo de políticos departía amistosamente, tratando de encontrar soluciones a los problemas cotidianos de los demás. Todos se ofrecían voluntarios, todos pensaban en mejorar la sociedad y no en ellos mismos. Junto a estos políticos de nuevo cuño, un grupo de banqueros solicitaba permiso para reducir sus ganancias y ayudar a la gente más necesitada, rechazando cualquier concepto cercano a la avaricia, codicia o egoísmo. Sonreían. Justo detrás de los banqueros, un Donald Trump reconvertido en mariachi cantaba rancheras al lado de su novio negro envuelto en una bandera arcoiris.

Me llamó la atención un grupo de personas charlando sobre filosofía, ética, el sentido de la vida.  Hablaban pausadamente, pero con pasión. No tenían móviles ni otros dispositivos, no sabían lo que era una red social, y se dedicaban simplemente a conversar. Disfrutaban, recordándome otros tiempos no tan lejanos. Mientras, una bailarina de Degas danzaba por todo el salón, bajo la atenta mirada del bebé en brazos del cuadro de Gernika, que había cogido vida y saltado del cuadro, y plantaba rosas en las macetas que no eran más que bombas vaciadas y recicladas.

Poco a poco los efectos alucinógenos se desvanecían. El orangután empezó a difuminarse, y el dragón de comodo desapareció. La estancia se hizo más pequeña, y todo empezó a acercarse a la normalidad. Me vi en ese momento en el sofá manejando el mando a distancia, con cierto dolor de cabeza, y con un documental de leones devorando a unas gacelas de Thompson. Cambié de canal para ver el telediario, y ya no había políticos humildes, ni banqueros empáticos, ni sacerdotes con cargo de conciencia. Eso sí, los seres humanos seguían matándose entre ellos.

Y comprendí por qué tantos artistas habían utilizado alucinógenos para la creación de sus obras: simplemente querían escapar de la realidad, que es lo que yo hice al confundir una seta “Boletus Dupainii” con una seta “Gymnopilus Enonyus”, conocida por provocar efectos alucinógenos y trastornos en la visión.



viernes, 13 de julio de 2018

DE PLUMAS






Cogió su pañuelo de seda y limpió los restos de sangre y carne de la estilográfica.” ¡Mierda, se ha doblado el plumín!” ”¡ Joder!”. Abrió el maletín de herramientas, perfectamente ordenadas y relucientes y cada una en su sitio, como siempre habían estado. Movió ligeramente el bisturí, pues no estaba en el mismo plano que el resto de utillaje. Casi sin mirar sacó los alicates de precisión y poco a poco empezó a enderezarlo. No podía quedar bien, tenía que quedar perfecto, o el enfado podría ser aún mayor.

“Perfect, yes”. Como debe de ser.

Salió de la habitación rumbo a casa, mejor en autobús. Subió una persona mayor a la que cedió gentilmente su asiento, pues nadie lo hacía. Miraba a los demás pasajeros mientras daba vueltas a la pluma, girándola obsesivamente sobre su mano, con semblante tranquilo. Nos veremos en algún momento de esta vida, pareció pensar.

Ya en casa, por fin, necesitaba ducha. Se desnudó lentamente, mientras dejaba la ropa doblada sobre la cama, siempre en el mismo orden: pantalones, camisa con los botones hacía abajo y calzoncillos en medio de los calcetines bien alineados y con los talones hacia dentro. Ahora sí, ducha. Música de Wagner de fondo.

Abrió el grifo monomando con control de temperatura, siempre a 33ºC. Le vino a la mente la escena de psicosis, qué gran maestro Hitchcock. Peinándose en el espejo sonrió de medio lado y fijándose en su propia mirada, supo que le quedaban muy buenos momentos que disfrutar en la vida.

Tenía prisa. La clase empezaba en media hora, y se había entretenido algo más de lo previsto con el muy maleducado y desagradable guaperas chulito. Andando a la facultad a paso ligero, sin pisar las líneas de separación de las losetas del suelo, en la escalera de acceso siempre el pie derecho primero. La clase estaba llena menos un asiento vacío, el que estaba a su lado. Las compañeras de su alrededor suspiraban por la ausencia del compañero, y de nuevo esbozó una media sonrisa.

Sacó la estilográfica para tomar algún apunte. Hoy se hablaría sobre el comportamiento sicótico, uno de sus temas favoritos. Quedaba una manchita de sangre en el plumín, la limpió rápidamente con su perfectamente doblado pañuelo de seda. Casi a la vez se sentó a su lado otro compañero en la silla vacía. También era guapo, a sus compañeras se les volvieron a iluminar los ojos. Le observó detenidamente, y a continuación volvió a limpiar el plumín, en un acto puramente reflejo.

Sacó la mejor nota de la clase.  



viernes, 4 de mayo de 2018

TRAVIS





El día empezaba rarito. Nada más salir de casa, siete y veinte, el retrasado camión amarillo de la basura en medio de la calle, desesperando a una hilera interminable de conductores que agachan la cabeza, señal de rendición, asumiendo que tendrán que esperar unos minutos más antes de llegar a su trabajo, ese trabajo que la mayoría detesta y que, paradojas de la vida, solo soportan porque hay una cosa peor aún: no poder siquiera trabajar. Tres minutos treinta, no es mucho, una hora y tres minutos treinta, atasco mediante.

El cartel de “ocupado” recién dado la vuelta, ahora “libre”, lo que quisiera ser. Luz verde encendida y, a regañadientes, catorce horas al volante. Siguiente rotonda, de nuevo el tráfico demostrando que hay demasiada gente en una gran ciudad. ¿Accidente? Sigue el día rarito, paciencia, más que la que están teniendo los que se están insultando y zarandeando en la misma rotonda, algo apartados. Estúpida manera de empezar el lunes, descargando frustraciones en otros, esa manía del ser humano de echar la culpa a los demás de los propios problemas. Veinte minutos más, no cunde. Pongo la radio, noticias, ¿por qué siempre son malas?

Circulando, por fin. Remolino de gente en el paso de cebra, alguien en el suelo. Muchacha joven, parece desmayada, la están atendiendo, no paro. ¿Qué le habrá pasado? Sigo, alguien levanta la mano, primera cliente, señorona enjoyada y emperifollada, huele a laca, mal asunto: cuanto más dinero parece que tienen, menor es la propina. ¿Ricos por ser avariciosos? Quién sabe, buenos días, adónde vamos señora.  Lo sabía, al barrio de Salamanca, espero que no hable de política porque sospecho que no vamos a estar de acuerdo. O bueno, puedo decir lo de siempre: “la culpa es del gobierno”, el axioma favorito del gremio. Lo diré a la mínima. ¿Floristería? Se me había olvidado, hoy es el día de todos los santos. Toca viajar al cementerio, ilusionante. Muchas gracias señora, le agradezco el crisantemo, pero se marchitará en el coche. Vaya con Dios, rácana, esa flor de propina, no había otra. Luisa, no sé por qué me ha dicho como se llama, yo Travis le dije. Sí, es raro, pero es mi nombre. Adiós.

Sigo. A lo lejos, manita al aire, señora con bolsas, me acerco. No, no son bolsas, está embarazada, muy embarazada, y parece cansada. No se me olvide lo del oculista, por favor que no se ponga de parto como la otra vez. Bajo, abro la puerta, muy buenos días, ya le ayudo. Hospital, Arganda del Rey, buena carrera. ¿De ocho meses y medio? Ánimo, ya queda poco, muy bonito el nombre de David, enhorabuena, los hijos son para toda la vida, aunque a veces desgraciadamente. Eso no se lo digo, no es justo y total para qué. Que tenga toda la suerte del mundo. Pienso en el cementerio, en el rodillo de la vida, filosofadas.

Vuelta desde Arganda, suena la emisora. Cliente en la Cañada Real, de camino. No fastidies, no me gusta ese sitio. A nadie le gusta, pero tengo que vivir, intentar reducir mi jornada. Voy, muy a desgana. Ya entro en la Cañada, niños desnudos corriendo por los charcos, adultos esperando a la muerte alrededor de una hoguera, chabolas sobre lecho de escombros, no veo a mi cliente. Allá está, no parece que tenga mala pinta. Buenos días, espera un taxi, supongo. Sube. Sigue el día rarito, está muy bien vestido y con buen aspecto, limpio y casi diría inmaculado, aunque escuálido y con mirada perdida. Éste le da al caballo, no es sitio para bibliotecas. ¿Al cementerio? De acuerdo, le miro por el retrovisor, da pena. Teniéndolo todo y va a visitar su próxima casa. Quisiera hablarle pero no puedo, él lo hace. Ha quedado con su madre, visitan la tumba de su padre como todos los años. Algo me resulta familiar, y pregunto por el nombre de su madre. Me responde: “Luisa”.

Un día rarito, sí.

lunes, 5 de marzo de 2018

VOLANDO VOY





Sigue durmiendo, emprendo el viaje...

Iré apartando el camino de la nostalgia y de la melancolía, la tortura de los recuerdos, las noches sombrías de dolorosa soledad...

Sigue durmiendo, me voy acercando poco a poco...

Estoy deseando despertarte y volver a pasear contigo por la playa, abrazados y sonriendo a la vida, a la que solo le pedíamos más tiempo para estar juntos, para querernos...

Sigue durmiendo, nos vemos enseguida...

Te siento. He seguido las huellas de tus pisadas en la arena, y me acerco al árbol adonde nos conocimos, nuestro árbol de la vida. Ahí estás, acurrucada bajo su sombra, dormida...

Sigue durmiendo, mi niña...

Voy a quitarte con suavidad la sábana que te cubre, besarte en los labios, acariciarte hasta que mis ojos dejen de llorar, mirarte con ternura, sentir de nuevo el perfume de tu piel...

Despierta, amor. Ya he llegado. 

Coge mi mano, sigamos el viaje hacia el sol que empezaste, y que ahora continuaremos juntos...



viernes, 26 de enero de 2018

SUEÑOS Y MIRADAS



Ya son las seis y cuarto, hora de levantarse. Extraña el mundo de los sueños, te hace flotar por momentos hasta que la realidad te despierta en el atasco de la M-40. Nuestro subconsciente desea ser feliz, pero no siempre se cumplen sus deseos....

Hace un frío terrible. Desde la ventana, ya se observa a la gente en pleno movimiento. Abajo, Clara está preparando sus brasas y a su vera Vicente levanta la persiana del quiosco con su eterna sonrisa. Ya suena la cafetera, el aroma me envuelve, allá que voy.

Los ojos tristes de Clara. Mis sueños.

Bajo las escaleras despacio, somnoliento, directo a por el periódico. Hay que aprovechar los últimos días que le quedan a la prensa escrita, especie en grave peligro de extinción. Vicente, en pleno esfuerzo.

- "Buenos días, Vicente. ¿Cómo andamos hoy? ¿Qué cuentas, hombre?".

- "Buenos días, Antonio. Pues no sé qué decirte. Veintitrés años aquí, en esta plaza que es como mi segunda casa, y veo que no tardaré en dejar el negocio. Esto se acaba. Y encima, el Madrid ha perdido".

- "¿Pero tú no eras del Atleti?".

- "Y lo sigo siendo. Pero cuando gana el Madrid, vendo muchos más periódicos. Y lo primero, es lo primero. Prefiero el pan al circo".

- "Todo se arreglará, Vicente. Todo tiene solución, excepto lo que ya sabes".

- "Mira, mucha gente se empeña en decir que en la vida todo está escrito. Bien, prefiero ser yo el que escriba mi propia vida. O haces algo, o pasas de largo como las nubes pasan....".

- "Que tengas un buen día. Hasta mañana. Y no pierdas la sonrisa.

- "Me queda mucho por sonreír, descuida".


Me caía bien Vicente, había llevado una vida azarosa. Consiguió salir del submundo de la drogadicción con mucho empeño y fuerza de voluntad. Sus ojos delataban ese pasado, su sonrisa el presente.

Clara ya tiene preparado su tinglado. El bidón, las brasas, las castañas partidas crepitando. Navidad tras Navidad, al pie del cañón. Clara, de mediana edad, siempre apostada en el mismo árbol enfrente de la sucursal, ya con luces. Mujer atractiva a la vista, de mirada triste y melancólica, de sonrisa desganada. Su voz aterciopelada, casi un susurro que relaja la mente y baja la tensión. La mejor medicación para la soledad.

Nunca fui un apasionado de las castañas, pero sí de los momentos agradables, los que te hacen olvidar fugazmente determinadas molestias vitales. Varias veces en varios años había comprado tan solo por el placer de conversar con ella. Llegamos a entablar cierta amistad, la suficiente para abrirse, para soltar las tripas y desahogarse.

Y entendí el porqué de su mirada triste. Siete años antes, su vida transcurría por el camino a veces espinoso de la felicidad. Casada y sin hijos, con un marido al que adoraba y que tenía pasión por ella. Todo fluía, todo era como debía ser, todo era lo que uno espera cuando nace. Pero llegó la crisis económica, y él fue despedido de mala manera de la empresa a la que había dedicado tantos y tantos esfuerzos. Justo dos días antes de ser desahuciados, y con la mitad del crédito hipotecario por pagar, Clara encontró a su marido ahorcado, colgando de la viga de madera del salón. Y todo cambió de la noche a la mañana.

- "Buenos días, Clara. ¿Cómo estás hoy?".

- "Hola, Antonio. Bien, ya sabes. Empezando la mañana, a ver qué tal se da el día".

- "Te tengo que regalar unos guantes, los que tienen están andrajosos. ¿Cuándo  es tu cumpleaños?".

- "El martes que viene. Te lo agradezco, pero no sé si estaré  por aquí. Si todo va como pienso, dejaré de vender castañas y me dedicaré a otra cosa. Gracias de todos modos, eres muy amable".

- "¿Y eso? ¡No me digas! ¿Qué vas a hacer?".

- "Ya lo sabrás, ahora no es el momento. No me quiero hacer ilusiones. Pero estoy harta de que me escriban la vida. Me toca escribir a mi esta vez".

- "Ya me contarás. Y espero que todo vaya bien, de corazón. Te veo mañana".

- "Adiós, Antonio".


Me partió el alma oír esas palabras. Pero vi que su mirada era diferente, y me alegré. Es curioso cómo puedes saber el estado de ánimo de una persona por lo que te dicen sus ojos. Esa mirada ya no desprendía tristeza ni nostalgia, no eran los ojos llorosos a los que estaba acostumbrado y con los que tantas veces había soñado. Ahora mostraban alegría y esperanza, incluso rabia desafiante. Y eran mis ojos los abatidos, se habían cambiado las tornas. Lluvia.

El fin de semana me fui a la sierra. Necesitaba aire, pasear, meditar, pensar. Asumir que los sueños, sueños son, y la vida es lo que es. El lunes volvería a comprar el periódico, ver a Clara y a su mirada, prepararme para el atasco. 

Me desperté, seis y cuarto y lunes. La ventana estaba llena de vaho, froté el cristal para poder mirar las luces de la ciudad. Noté algo extraño, luces diferentes a las de siempre. Y tres coches de policía abajo, enfrente de la sucursal. Me tomé el café más deprisa de lo habitual.

Al parecer, unos butroneros habían asaltado la sucursal durante la noche del domingo. Un robo limpio, sin víctimas, de película. El director de la sucursal estimó en unos tres millones de euros el importe de lo robado. Había policía por todas partes. Realidad surrealista.

Me giré para ver a Clara. No estaba. Fui a comprar el periódico, pero Vicente tampoco estaba. Un cartel de “Se Vende” en la persiana. Crónica de una muerte anunciada. ¿O no?

Y de repente, me acordé de esas palabras: “Me toca escribir a mí esta vez”.

No los volví a ver. El quiosco sigue cerrado. Ellos cumplieron su sueño, y yo sigo soñando.