jueves, 27 de julio de 2017

GERNIKA



Es difícil decidir cuál es el cuadro que más te gusta, tan difícil como definir que pintura puede ser catalogada como obra de arte: lo que para algunos es algo maravilloso, para otros puede ser una auténtica bazofia (como en mi caso, el expresionismo). Resumiendo: arte es lo que te hace sentir, fijarte, pensar y disfrutar. Sea el estilo que sea.

Siempre tuve como cuadro favorito "Las Meninas" de Velázquez. Podría estar horas mirándolo que no me cansaría, impresionismo puro (la influencia de Velázquez sobre los impresionistas está más que demostrada). El cubismo es difícil de asimilar, al igual que otros estilos, pero este cuadro es diferente...

Este cuadro (en realidad es un mural) lo vi por primera vez con 19 años, solo, en el Casón del Buen Retiro de Madrid, recién aterrizado a la capital. No había nadie en la sala, y me quedé sorprendido por sus dimensiones: es enorme, mucho más de lo que el imaginario colectivo puede pensar después de haberlo visto en un libro. Este es básicamente el resumen de lo que sentí al ver el Gernika. 19 años, y poca vida a mis espaldas.

A los 22 volví a verlo en el museo Reina Sofía (vaya nombrecito...), con una mampara de protección enorme y aparatosa que impedía apreciar más detalles. Esta vez no estaba solo, había dos personas más en la sala. No sentí tampoco nada especial.

Hace un par de meses volví a verlo por tercera vez, ya con cierta experiencia en la vida (lo que se dice "tener el culo pelao"), con las ideas más claras y con cierta conciencia social. De nuevo en el Reina Sofía, todo lleno de turistas esta vez...haciéndose "selfies" (manda huevos). Me puse a observar el cuadro detenidamente, sin que nadie me explicara nada...observar, pensar. Se me empezó a erizar el vello (me pasa cuando algo me emociona) viendo la imagen de la madre con el hijo en brazos, el toro que simboliza la España rota, la mujer anciana con esa imagen de dolor y sufrimiento, la ventana que representa la desesperación de lo que estaba pasando en Gernika...impresionante. No quería dejar de mirar el cuadro.

¿Qué es el arte? Simplemente lo que te llega al corazón y a la mente, no hay que darle más vueltas. Estamos hablando de una época más reciente de lo que parece (mi padre nació en 1932 y recuerda perfectamente los bombardeos), de una época en la que hay gente que vivió ese abominable suceso, de una época de dolor, dolor y más dolor. 

Hay cientos de miles de muertos de la "guerra civil" ("golpe de estado" sería más adecuado) enterrados en las cunetas. Pero parece que este gobierno tan católico no acaba de destinar los medios suficientes para desenterrarlos: es historia pasada, dicen. Claro, por eso hace poco vimos en la tele como una abuela pudo por fin enterrar dignamente a su padre. No había más que ver sus lágrimas para darse cuenta que no es exactamente "historia pasada", y que no se cerrarán las heridas hasta que, por ejemplo, dinamiten el "Valle de los Caídos".

Todo esto es lo que me hecho sentir este cuadro, a partir de ahora mi favorito. Emoción.





jueves, 13 de julio de 2017

MICROS (3)




En mi lecho de muerte....y nunca fui capaz de decirle que la amaba. Mi vida habría sido diferente. Y la suya.


Era fascinante: una boca de ensueño, una piel suave y fina, ojos de gata y pelo cobrizo...hasta que me hicieron el trasplante de córnea. Nada fue igual.


Quería morirme y la conocí: ahora me muero cuando no estoy con ella.


A lo lejos divisaba las imponentes montañas, el cielo era de un azul celeste que casi se podía oler, y el vuelo de un águila real lo tenía embelesado. En veinte años saldría de la cárcel y lo vería de cerca. No volvería a la política.


Se aburrió de ser inmensamente feliz. Ahora vive la vida.


 “Cariño, debes ser fuerte en la vida: ya sé que a veces te pone en situaciones límite, que las cosas no son fáciles, pero hay que coger el toro por los cuernos y enfrentarse a los problemas...”. “Ya lo sé amor, pero tu marido es karateka y uzbeko: no creo que me entienda”.


Pasa la vida como las nubes pasan, como fluye el agua del río, como el sol se esconde al atardecer...todo pasa.


“¿Y qué pondrías en tú hepitafio?” “Fácil: epitafio es sin hache”.


“Padre, me confieso: quiero darle una paliza al amante de mi mujer”. “Hijo mío, no debes caer en el pecado de la ira. Habla con ella, y que venga a verme. Yo te absuelvo de tus pecados, reza cuatro padrenuestros...”. “Mejor rezo trescientos, cabrón: deja en paz a mi mujer”.



Mi corazón pedía a gritos reanimación: apareciste de la nada, y nada volvió a ser lo mismo.


martes, 11 de julio de 2017

MICROS (2)




El abuelo estaba siempre ensimismado, todos creíamos que era un sabio absorto en sus pensamientos. Cuando por fin habló, nos dimos cuenta que era medio gilipollas.


Se me ocurrió cantarle: “si tú me dices ven, lo dejo todo...” Y me llevó al juzgado, ella y su amante se quedaron la casa.


Soñé que era feliz. Me desperté en el atasco de la M40.


El imbécil de mi vecino murió envenenado. El arsénico era para su perro, no para él.


Me atracaron. ¿La bolsa o la vida?, me preguntó. Le di a elegir: las dos estaban vacías.


Para mi cumpleaños me regalaron una camisa blanca.  Me ataron los brazos por detrás y me pusieron una inyección. No era de mi talla.


Le pregunté por educación: ¿Estudias o trabajas? Y me contestó: 50 euros el completo. Qué grosera.


“Aquí el pintor quiso expresar emotivamente el sentido de la vida, su desesperación, sus miedos...esos trazos lo dicen todo”. Tuve que decirle: “Disculpe, es gotelé. Deje las drogas”.


Mi nueva casa es un remanso de paz y tranquilidad. Y me traen flores el día de todos los santos.



Nunca entendí por qué mi hermano era mulato. Coincidió su nacimiento con el nuevo vecino de Nigeria y con el divorcio de mis padres.




viernes, 7 de julio de 2017

MICROS




Desperté y me golpeé bruscamente la cabeza contra una tapa. Comprendí que había sobrevivido milagrosamente al accidente. Conseguí salir.



Vivía en una nube y de repente se puso a llover. Nunca más volví a ver su paraguas. Ni a ella.



Mi jefe siempre me exigió máxima profesionalidad. No sufrió nada. Ya no tengo jefe.



Era mi mejor amigo hasta que vi lo bien que le sentaba mi pijama.



Fui a una inspección médica rutinaria. Cuando salí, mis hijos no eran mis hijos.



La quise con locura hasta que me diagnosticaron esquizofrenia.



Sé que he amado con locura y pasión. Pero ya no recuerdo con quién. Ni cuando.



Entonces fue lo más bonito que me había pasado, creo. Me dejó en esta casa extraña y viene a verme cada dos meses. En domingo, creo.



Mi semiinconsciencia me hizo ver un túnel, con una fuerte y deslumbrante luz blanca al final. Me sentía flotando, hasta que una voz grave me susurró: documentación, por favor.




Recuerdo como si fuera ayer que solo me importaba el mañana. Hoy no me importa nada.


EL VIAJERO INCONFORMISTA





Se empezó a aburrir de su vida fácil, de su vida programada para ser feliz. ¿Y qué es ser feliz?, se preguntaba:  “tengo a mi familia, mis necesidades básicas cubiertas, el mar delante de mi dándome calma y una soporífera tranquilidad que a veces me hace recaer en la melancolía. Pero no es suficiente, quiero más”.

Quería algo más. Salir de su zona de confort, ya muy vista, y explorar otros escenarios. Otros sitios, otras culturas, otras civilizaciones o simplemente otras personas con una manera de vivir o pensar distinta a la suya. No necesariamente con más lujos, no era el caso, tan solo otear las puertas del conocimiento: allí estaban. Y se fue a por ellas.

Con 19 años empezó a dejarse llevar por el viento, por la intuición, por la curiosidad impenitente necesaria para conseguir llenar ese vacío existencial. Decidió con medios muy precarios acercarse a una cultura diferente, tan cercana en la distancia como alejada en el tiempo: Marruecos. El viento le llevó hasta la cima del Toubkal, montaña poderosa y majestuosa en la cordillera del Atlas, dejando Marrakech en el corazón. Desde la cima observó un espectáculo que nunca olvidaría: en el horizonte, entre brumas y espejimos, el desierto del Sahara. Se imaginó siendo Lawrence de Arabia cabalgando sobre su camello, rescatando bajo un sol despiadado a un hombre de su tropa que daban por deshauciado. Estaba cansado, pero feliz. La naturaleza le había regalado un recuerdo para toda la vida.

Le gustó la experiencia, y en un mundo adonde a veces cuesta sentir pasión por cualquier cosa, descubrió que tenía ya un objetivo en la vida: viajar. Conocer. Observar. Pensar. Degustar lo diferente.

No tardó demasiados años en sentir la llamada del viento. Algo había en su interior que le empujaba a ello, no podía ni quería evitarlo. De nuevo con medios precarios, se lanzó a la aventura sin programación ni planes preconcebidos. Más que suficiente disfrutar del camino, Shiddarta. Hacia Escocia, recorriendo Francia con un utilitario destartalado con fin de etapa continental en Calais, camino de las islas. En el barco, atravesando el estrecho, poco a poco fue divisando a lo lejos unos acantilados blancos de una altura colosal: los famosos acantilados de Dover. Esa imagen quedó en su memoria, y ya justificó el viaje simplemente con esa visión grabada en su retina. La naturaleza le volvía a regalar recuerdos...

Se dejó llevar por el viento muchas veces. Solo o acompañado, le daba igual. La mochila de recuerdos, antes vacía, empezaba a llenarse: Praga, Brasil, Argentina, Colombia, Italia...siempre buscando el viento, siempre huyendo de la calma chicha. Y siempre sin programar los viajes, cuestión de principios: el mejor viaje siempre es el siguiente. El que no planificas. El que no te esperas. El que te genera determinadas incomodidades pero imperecederos recuerdos. Y todo lo que no se olvida, sea bueno o malo, es algo que viaja contigo el resto de tu vida.


Cuando por su maldita enfermedad dejó de viajar, empezó a morirse poco a poco mientras luchaba por aplazar  el único viaje que nunca quiso hacer.