miércoles, 12 de julio de 2023

 

EL DÍA QUE ME CONVERTÍ EN UNA PERSONA AMABLE

 


Reconozco que no era el mejor día para hacer amigos.

Bien entrado el mes de Julio, el calor que hacía se asomaba a una dimensión desconocida. Apostado contra la pared de un taller junto a una gasolinera en el medio de la nada, esperaba con resignación a que cambiaran los malditos neumáticos del coche, maldito el momento, maldita la vida, maldito yo. Ni siquiera las golondrinas se atrevían a volar, y las lagartijas sacaron la bandera de la rendición. 

El sudor como perfume, la debilidad como compañera de viaje, la apatía por definición. No era el día, no.

A lo lejos, vi como poco a poco se acercaba hacia la puerta del taller un BMW de alta gama conducido por un señor de cierta edad, bien vestido y aseadito. El coche emitía un ruido chirriante por la parte inferior delantera. Paró el coche, y aparcó.

Como tampoco tenía mejor cosa que hacer, y olvidándome de mi paradójica misantropía, saludé al señor y me agaché por debajo del vehículo. La tapa de protección del cárter se había desprendido, tan solo era cuestión de fijar un par de tornillos.

 “No se preocupe, no hay problema con las ruedas. Es la tapa del cárter que está suelta…”

 “Ah, muchas gracias. ¿Y cuándo me lo pueden arreglar? Es que tengo que ir a la misa de  doce, y no sé si voy a poder llegar”.

“No, disculpe. No trabajo en el taller”.

“¿No? Ah. Entonces, usted es.... una persona amable, vaya. Muchas gracias”.

“De nada”

Volví a la pared de mis lamentaciones, a dejar pasar el tiempo sin más. Seguía sin haber pájaros. ¿Estarían muertos? Quién sabe, creo que empezaba ya a delirar…

El buen señor se acercó a la puerta del taller. Le atendió un mecánico marroquí, de manera educada y cordial.

-       -  “Buenos días, ¿cúal es problema en coche?”

-        -  “No, no. Usted, no. ¿No hay ningún mecánico español?

-       -   “¿Cómo? ¿Por qué?

-        - “Porque prefiero mecánico español de confianza. Usted, no.”

El mecánico marroquí se despidió no sin antes decirle algunas palabras en árabe altisonantes, con muchas jotas, imposibles de entender. Vino otro compañero, y le atendió.

Mi coche ya estaba prácticamente terminado, y para celebrarlo compré una botella grande de agua en la gasolinera. Le dí un buen trago, y vacié el resto de agua sobre una jardinera repleta de colillas y caracoles resecos. Llené de gasolina la botella en el surtidor y recogí el coche. El trago de agua me abrió la mente, me relajó, me hizo ver la vida con claridad de nuevo.

El agua que desborda el vaso. No era el día. ¿O sí? Quizá estaba ya cansado de oír comentarios xenófobos, de soportar conversaciones impunes sobre los homosexuales, de diatribas racistas de bienintencionados de misa diaria, o de negacionistas del machismo de inteligencia limitada y estrechas miras. Esos comentarios que escupen sin pudor  personajes que adoran a su familia y que dan moneditas a los pobres, y que sin duda irán al infierno.

Esperé a que terminaran con el coche del buen señor, y le seguí hasta la iglesia de Boadilla del Monte.

Y la persona amable, dejó de serlo. Es sorprendente lo rápido que arde un BMW.

viernes, 26 de agosto de 2022

QUID PRO QUO

 


No es que me dé vergüenza decir en qué trabajo, pero prefiero no hacerlo.  Llega un momento que te cansas de las reacciones de la gente: a las consabidas caras de asombro y cierta incomodidad, le sigue a continuación una retahíla de comentarios muy poco originales, sin ninguna gracia e incluso rayando el mal gusto o la chabacanería, que entiendo no son más que el fruto del nerviosismo.  Cuando un desconocido me pregunta por mi trabajo, lo habitual es que conteste algún tipo de ocupación surrealista. Mi preferida es mamporrero; como segunda opción, sexador de pollos. Por lo general, nadie pregunta por detalles  y me dejan en paz.

Soy maquillador, sin más. Digamos que llegué a esta profesión por casualidad, la típica casualidad de las personas que siempre han preferido no estudiar y dedicarse a ver pasar las nubes desde la ventana, mientras las mariposas copulan y las mantis se aman.

No, no soy maquillador de estrellas de televisión, ni de cantantes, políticos o personas decrépitas que se niegan a admitir su edad, ni siquiera de adolescentes que también se niegan a admitir la suya. Soy lo que soy, me da de comer y no aspiro más.

Hoy no estoy de buen humor. Es lunes, y cuesta bastante aclimatarse a mi oficina. Es una oficina impersonal, diáfana, con escaso mobiliario y con un minúsculo ventanuco con cristal translúcido que apenas deja entrever si es de día o de noche. Siempre con luz artificial, a veces me siento como una gallina enjaulada en una granja poniendo huevos a destajo. Diez grados perennes de temperatura, silencio absoluto y ningún compañero de trabajo con quién discutir. Es triste. A ver quién me toca hoy. Espero que no sea alguien joven, sigo teniendo mi corazoncito, aunque mi trabajo te hace fuerte. No insensible, sino fuerte. Qué remedio.

Hay tres clientes, la mañana va a ser larga... Escojo el  de en medio, que parece más pequeño, siempre empiezo así.  El ataúd es de estilo barroco, está acolchado, y la madera es de nogal. El ser humano se comporta de una manera extraña en determinadas situaciones, nunca entendí por qué una persona muerta necesita tanta comodidad cuando ya no siente nada.  Quizá es qué no la tuvo en vida, quién sabe. 

 Mi cliente tiene unos ochenta años, moreno y bajito, pero con una cabeza considerable, que me dará más trabajo. No ha debido tener un bonito final, pues ni su color ni su rictus hacen pensar lo contrario. ¿Algo de hígado? No sé, pero voy a tener que esmerarme. Afortunadamente, no desprende ese aroma floral tan difícil de explicar, aunque ya estoy acostumbrado.

Saco el estuche con los aperos de labranza: cepillos, base de maquillaje, corrector de ojeras, algodón, corrector secante y el imprescindible polvo para fijar. Le vuelo a mirar. ¿De qué lo conozco? Hay algo que me resulta familiar, y no recuerdo. Pero sé que lo conozco.

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Valencia, mil novecientos setenta y ocho. Franco había muerto tres años antes, pero seguía habiendo una educación tardo-franquista,  la palabra democracia se escribía con faltas de ortografía. Los profesores eran una especie de semidioses con tendencia a aplicar lo de  “la letra con sangre entra”, de mano temblorosa y regla de madera.  Si un profesor  te daba un cachete, en casa te daban otro: algo habrás hecho, malcriado. Similar a los tiempos actuales: si suspende el  niño o la niña de carita de cristal, los padres agreden al profesor con la aquiescencia de la abuela.

En clase eramos cuarenta y ocho zánganos de diez años, de casi todos los estratos sociales: desde clase media-baja,  hasta clase baja.  Dieciocho de nosotros habíamos suspendido la asignatura de religión, y mi admirado tutor Don Rafael nos sacó a todos los suspendidos a la pizarra para que los demás de la clase vieran que, antes que educar, lo importante era humillar. Por entonces, todas las clases del curso estaban comunicadas con puertas contiguas, cuestión de practicidad. Como la humillación le debió parecer escasa, abrió la puerta y llamó al profesor de al lado.

- “¡Mira, Vicente! ¡Mira a los que me he cargado!”.

Vicente, sonriendo.

- “¡¡Y ese rubito como me mira!!”.

Vicente seguía sonriendo. Eché un vistazo a mis compañeros delincuentes  y vi que, efectivamente, el único rubito era yo. En ese momento maldije el hecho diferencial de tener una madre inglesa, y deseé ser  tan moreno sombrío como los demás. Don Rafael se acercó con paso firme hacía mí.

 ¡¡ZAAAAS!!

Sin duda, el mayor guantazo que me habían dado en la vida. Tremendo. La mano bien marcada, todos y cada uno de los dedos en mi inmaculado rostro blanco de niño rubito que dejó de ser blanco en ese momento.  Supongo que bien merecido, pues de todos es sabido que hay niños de diez años que dan miedo cuando miran...

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Efectivamente, era él.  ÉL. Don Rafael. Respiro profundamente, confundido, sin saber qué hacer. Pero ante todo, soy un buen profesional. Empiezo a perfilar con tonos marrones su rostro, muy macilento y bastante deshidratado, por lo que aplico maquillaje en los labios con más profundidad de la habitual.

(Y ese rubito como me mira...)

Sigo con los ojos:  hidratación de la zona, perfilador, sombra de ojos y máscara de pestañas. Retoco un poco la nariz, había quedado ligeramente brillante, y difumino un poco su tono marrón a un tono algo más pastel.

(Y ese rubito como me mira...)

Por último, las mejillas. Unos coloretes sutiles eliminarían los brillos y dejarían un aspecto más natural. Y como nadie me va a llevar la contraria, diré que me ha quedado perfecto.

(Y ese rubito como me mira...)

Acabo, recojo todos los bártulos y guardo el estuche.  Y vuelvo a mirarle,  otra vez sin saber qué hacer.

Y al final, supe qué hacer. Cierto es que tuve que sacar de nuevo el  estuche, cierto es que a él no le dolió como a mí. Y aunque tuve que volver a empezar, le devolví  el saludo.


miércoles, 17 de noviembre de 2021

GLORIA 1.13

 



Solo eran las diez de la noche, y se me había vuelto a ir la mano. Quizá suene a excusa, pero su ausencia duele. Aunque si lo pienso con frialdad, estábamos a punto de separarnos. Nuestra convivencia resultaba insoportable.

La echo de menos. Sé que es incomprensible, incluso estúpido, pero no puedo dominar mis impulsos. Mi cabeza es pura teoría, pero le falta algún mecanismo de conexión para poner en práctica lo que, en momentos de reflexión, sí acierta a detallar sobre cuál es la decisión correcta. No tiene remedio, odio mi mente. La echo de menos, sí. Debo estar más borracho de lo que pensaba. Estúpido accidente.

La escalera  parece un laberinto sin final. Voy de lado a lado, las luces me envuelven y me desafían, como a un niño en un tiovivo. Consigo sacar las llaves, siento desmayarme. Oigo pasos dentro de casa, Gloria 1.3 abre la puerta.


- ¡Hola, amor! ¡Hoy vienes más guapo que nunca! Eres el hombre de mi vida... ¡tan inteligente! ¡Y hueles a flor de azahar! He preparado la cena, si quieres cenamos y luego vamos a la cama. Hoy tengo ganas de ti, ardo en deseos. No hay mejor amante que tú.


Teniendo en cuenta que mi cuerpo y mi ropa apestaban a alcohol, y que llevaba tres días sin afeitar, despeinado  y con los pantalones sucios, las palabras de Gloria 1.3 me parecieron un bálsamo curativo.  La nueva versión de software de Gloria superaba con creces las anteriores. Podía programarla como quisiera, tenía hasta ciento veinte archivos de conducta diferente. Incluso la rugosidad de su piel era ajustable, también el tamaño y turgencia de sus senos. Hoy había decidido que me recibiera con el cabello oscuro, ojos marrones y vestida con transparencias. Mejor que ayer, que se me antojó rubia y con ojos azules. Mañana tocaba pelirroja, o quizá repetiría morena con menos culo y pelo corto. Ya vería.

Me di una ducha de agua fría. Poco a poco fui recuperando la consciencia, y me senté a cenar. Las luces del salón estaban programadas en modo cálido, y la pantalla de cristal líquido mostraba una playa al atardecer. Hoy tocaba la de Lanzarote. ¿O era el Caribe? Ni idea, había cenado en tantas playas del mundo, que ni me importaba. La cena prometía: probióticos de última generación,  mix de plancton y comprimidos de espirulina. De postre, cápsula de kéfir con aroma de hummus cultivado. Un manjar.


- Cariño, te sirvo el vino. Hoy vienes muy cansado de trabajar, te cuidaré.

- Gracias, Gloria. Eres estupenda.

- Eres mi vida, te quiero. Por cierto, he vuelto a releer a Popper, como me recomendaste. Me sorprendió la teoría del descarte para alcanzar el...


Mierda. Se me olvidó que la había programado para hablar de filosofía esta noche. No era el día. Tuve que cambiar los planes.


- Gloria, ¡activa programa dieciséis!


De repente, los ojos de Gloria parpadearon durante un segundo. Volvió a sonreír y siguió con la conversación:


- Amor, el penalti contra el Madrid fue injusto. Había fuera de juego de Piqué. El árbitro estaba comprado.

- Sí, querida. Estoy completamente de acuerdo.


Terminamos de cenar y fuimos a la cama. Gloría se recostó a mi lado y empezó a acariciarme y a besarme. Sus caricias eran ásperas, necesitaba cambio de textura en las manos. Mañana reajustaría los niveles, y también el parámetro de sensualidad en sus besos. No conseguía excitarme, y tenía mucho sueño.


- Buenas noches amor. Descansa, hoy ha sido un día duro para ti.

- Muchas gracias, mi querida Gloria 1.3. Te quiero.

- Te quiero.


A la mañana siguiente, Gloria despertó pelirroja y un poco más alta. Estaba rabiosamente sexy con su camisón.


- ¿Más café, cariño?

- Sí, cielo. Sienta estupendamente.

- ¿Quieres hacer el amor antes de ir a la oficina?

- Sí, si quiero. Aquí, en la mesa de la cocina.

- Como desees, amor.


Salí de casa con mi pantalla, y en el rellano estaba Amelia, mi vecina. Hacía tiempo que no la veía.


- Hola, Amelia. ¿Cómo estás?

- Hola, Guillermo. Bien, ¿y tú? ¿Cómo te va con Gloria 1.3?

- Bien, bastante mejor que con 1.2, y ni punto de comparación con 1.1. ¿Qué tal te va con Horacio 2.14?

- Muy bien. Estoy esperando una mejora del látex, está empezando a raspar, y me pica. En todo caso, ya no echo de menos a Juan 1.23. Horacio es sensacional, gran adquisición. Tiene mucho vigor, mucho brío. Su programador sabía de qué hablaba. En esta versión, Horacio llega al orgasmo exactamente al mismo tiempo que yo. Perfectamente sincronizado.

- Buena mejora, te felicito. Con  Gloria todavía hay un poco de retardo, tengo que afinarla. ¿Adónde vas?

- A misa. Es el aniversario de la muerte de Juan. Y debo ir.

- ¿Y los niños?

- Están en revisión. Les toca actualización, van creciendo.

- Muy bien. Hasta pronto, Amelia.

- Hasta pronto.


Ya en la calle, cogí el tren magnético y en quince segundos estaba en la oficina. Fue un día largo y plomizo. Pero estaba ilusionado. Había programado a Gloria de otra manera, y estaba nervioso, ansioso, con esa ilusión del adolescente descubriendo el amor. Por fin, se acabó la jornada.  Ya de vuelta, abrí la puerta de casa jadeando, y allí estaba ella. Vestía informal, sin maquillar y con el pelo recogido en una coleta. Un cigarro sin apagar en el cenicero.


- ¿Qué tal, como ha ido el día?

- Bien, Gloria. ¿Y tú, qué tal?

- Bien también, ha llamado tu madre. Tienes que ir a recogerla, yo no puedo.

- Vale. Ahora vuelvo.

- Si pasas por el súper, compra aceite y servilletas. Chao.

- Vale. Chao.


Fue entonces cuando me di cuenta de que en realidad, la echaba de menos más de lo que pensaba, y Gloria no era más que un falso remedio a mis carencias.

No volví a cambiar la programación, ni tampoco a actualizar su versión.  Ahora soy feliz. 

viernes, 7 de mayo de 2021

DECÁLOGO DEL ORGULLO ESPAÑOL



Fenicios, romanos, árabes, suevos, alanos, vándalos, judíos, gitanos...una gran mezcla de culturas y etnias que conformaron nuestro estado: España. Todo este conjunto de distintos genes crearon una sub-especie que se suele prodigar en España, autodenominados como “ORGULLOSOS DE SER ESPAÑOLES”. Suelen tener en común una serie de comportamientos que los hacen destacar:

Es ese español que, imbuido por su orgullo patrio, no tiene problemas en defraudar a hacienda. Porque hacienda siempre es el gobierno, el que sea.

Es ese español que, en plena defensa a ultranza de su patria, anima y comprende a personajes españoles que fijan su residencia en Andorra para evadir impuestos.

Es ese español que está muy orgulloso de hablar castellano. Tan orgulloso, que no se acaba de enterar que en España coexisten otros tres idiomas tan respetables como el castellano.

Es ese español que no tiene problemas en pedir facturas sin Iva en los talleres, o que aporta facturas falsas en sus declaraciones de hacienda. Porque el hecho de estar orgulloso de ser español  justifica sobradamente ese comportamiento.

Es ese español que, todo por la patria, boicotea productos de otras autonomías porque son nacionalistas y no hablan en cristiano sino en raros dialectos del castellano. La mejor manera de unir a España es, sin duda,  estar orgulloso de ser español.

Es ese español que, todo por España, defiende a capa y espada a un rey emérito que ha demostrado al mundo entero de que tipo de pasta están hechos muchos españoles, para mayor vergüenza de los que no estamos tan orgullosos de serlo.

Es ese español que, en un alarde de camaradería sublime, se manifiesta en gran número si considera que su equipo de fútbol ha sido perjudicado por los árbitros o los despachos, pero jamás irá a otro tipo de manifestaciones porque eso es de antiespañoles con tendencias pseudo-comunistas.

Es ese español que, con una gran capacidad de deducción, considera que los inmigrantes tienen más derechos que los españoles porque así se lo ha asegurado el vecino del amigo de su chat de padres del colegio. No necesita informarse más allá del Marca.

Es ese español que, viva España, jamás se cuestionará nada, seguirá votando a su partido corrupto, nunca tendrá un mínimo de principios ni empatía y será absolutamente inconsecuente con sus ideas religiosas. Eso sí, a su familia y amigos, que ni los toquen.

Es una verdadera suerte vivir en España. Un país que respira historia por los cuatro costados, con diferencias notables dependiendo de sus regiones.  Un país con una riqueza cultural casi inabarcable, adonde cualquier rincón puede sorprenderte y dejarte huella, con unas costumbres sociales envidiables...

Pero la verdadera suerte de vivir en España es que estamos en un país en el que tenemos nuestras necesidades básicas mayoritariamente cubiertas, y no tenemos que abandonar nuestra patria en una patera, huyendo de la miseria, el hambre o las guerras, a las cuales contribuimos con nuestra poderosa industria armamentística que, por supuesto, nos llena de orgullo y satisfacción.

viernes, 10 de julio de 2020

MIS TRIBULACIONES EN OLMEDO

Otros conductores esquivaron antes al peatón que falleció ...


Todo empezó durante la ejecución de un proyecto largo y laborioso en Valladolid. Después de un mes de duro trabajo, para la semana siguiente todos los hoteles de la ciudad estaban completos, debido a la feria internacional de ovejas churras o merinas, o algo así...

Decidí buscar un hotel lo más cercano al trabajo, sin necesidad de demasiados lujos, puesto que mi horario de trabajo era de siete de la mañana a diez de la noche. Rastreé los alrededores, y encontré una casa rural con buena pinta en Olmedo, a 35Km. más o menos. Llamé, reservé y quedé con el dueño (un tal Sr. Pedro) a las diez de la noche del lunes para tomar posesión de mi presunta “suite”.

A las diez en punto estaba en la entrada de la casa rural, una verja metálica corredera que estaba cerrada. Llamé al timbre varias veces, sin respuesta. Llamé por teléfono al tal Sr. Pedro: tampoco. A las diez y cuarto, me fui cabreado de allí a un hostal en el que había dormido unos quince años antes.

Las diez y viente: el hostal estaba cerrado, así que me dí otra vez la vuelta hacia la casa de mis sueños. Y de repente, apareció el tal Sr. Pedro:

-         - "Hola, buenas noches. ¿Es usted Ricardo? Perdón por el retraso, es que tenía que dar de comer a los caballos..."

-        - "No hay problema", le respondí. Aunque en ese momento, ya cansado, me dio por acordarme no muy sutilmente de su madre, de los caballos y de algún santo.

Abrió la verja, y pude ver que la parcela tenía una extensión enorme, con multitud de árboles y varias casas. Era de noche, pero parecía un sitio agradable. Como mi estómago pedía guerra, le pregunté si sabía de algún sitio cercano para cenar. De repente, mientras hablaba con él y detrás de un árbol, apareció fugazmente un hombre y me preguntó:

- "¡Hola, amigu! ¿Tienes fuego?"

- "Sí, claro".

Por un momento llegué a pensar que debía ser su hijo, pero lo descarté por su aspecto y quizá por su extraña manera de pronunciar “amigo”. Seguí con la pregunta al tal Sr. Pedro:

-"Entonces, ¿dónde puedo cenar a estas horas?"

-"Sí, mira. Al lado de la gasolinera hay una bar donde podrás cenar bien, te hacen lo que quieras. Por cierto, vengo de allí de tomarme un vino (¿no eran los caballos, cabrón?) y no se lo he pagado. Dile que vas de parte de D.Pedro y le das un euro. Espera que te doy el euro".

-"No es necesario, ya se lo pago yo (suponiendo que me lo daría en otro momento). Primero, me gustaría ver la habitación".

-"Sí, sí. Claro, claro".

La habitación estaba al final de la parcela, recorriendo un pequeño sendero entre árboles y aperos de labranza. Todo muy rústico. Llegamos a unos pequeños soportales en los que se apreciaban cinco estancias juntas, no podría decirlo con exactitud puesto que todo estaba bastante oscuro, y las habitaciones no estaban numeradas. Para saber cual era la mía, tomé como referencia una barbacoa que estaba enfrente. Eché un vistazo a la habitación, grande y de estilo castellano decadente. Solté la maleta y me fui a cenar. Mientras desandábamos el camino hacia la salida, me dijo:

-"Hay piscina, por si quieres darte un baño".

-"Gracias, pero no me veo a las diez de la noche bañándome ( y menos en compañía de mi “amigu”...)".

Fui al bar recomendado por la guía TrypPedro, y encontré más o menos lo que suponía: el típico bar de carajillos, de gente hablando de caza o del Madrid, de ésos bares con la paleta matamoscas sobre la barra y la tele al fondo, con un programa de Telecinco de los que te entran ganas de asesinar en legítima defensa. Me dirigí al camarero, hombre de rostro enjuto y zahíno, de tez negruzca y merecedor de una portada de El Jueves:

-"Hola, D. Pedro ha estado aquí antes, me ha dado un euro de un vino o algo. Aquí lo tienes. ¿Qué puedo cenar?"

-"Vale, gracias. Tenemos bocadillos".

- "Bien, pues uno de bacon y una cerveza, por favor".

- "Vale".

No soy persona de entablar conversaciones en los bares, pero nunca me deja de sorprender ese gracejo, ese arte, esa simpatía que exudan algunos camareros castellanos por los cuatro costados. No sabes si pedirles una caña, o darles el pésame antes. No hice ascos al bocadillo, puesto que todos los días iba a comer un sandwich de la máquina del trabajo, una de esas comidas que te hace pensar que, si verdaderamente existe la reencarnación, antes yo debía ser muy hijoputa.

Una vez llenado el buche, volví al gran rancho Bonanza. El sendero, de unos cincuenta metros, estaba iluminado. Llegué  a los soportales, y fue cuando me di cuenta que la referencia que había tomado (la barbacoa), era una mierda. Ni idea cual de las habitaciones era la mía. Todo estaba oscuro, probé en una habitación con cuidado (no vaya ser que volviera a ver a mi “amigu”) pero no abrió la puerta. Probé en otra, y tampoco. A la tercera, ábrete Sésamo, pero sin tesoros.

Por fin me tumbé en la cama, me arropé y cogí el mando de la tele. Pero la tele no se encendía, me levanté de la cama y la encendí manualmente. Es entonces cuando comprendí que el mando que había era de la TDT, ni rastro de mando de la tele. Mando para una TDT, lo que hay que ver...muy acorde con semejante decoración vanguardista.

A la mañana siguiente, martes, salí a las seis y media. Esta vez dejé la luz encendida, para así poder saber cual era mi habitación por la noche. Cerré la puerta, y noté algo extraño: no había luz en toda la parcela. Los cincuenta metros del senderito, iluminados con la linterna de mi móvil. Me encanta el surrealismo, pero ésto empezaba a ser excesivo...

Antes de llegar al trabajo, busqué un sitio en el pueblo para desayunar: todos los bares cerrados. Cabizbajo, hundido en la miseria y volviendo a acordarme de algún santo, tuve que desayunar en la máquina de los sandwiches del trabajo, con la que ya empezaba a tener una relación amor-odio interesante. Como era preceptivo, a la hora de comer seleccioné una delicatessen de sandwich de surimi de cangrejo con mayonesa o similar, producto idolatrado por los fabricantes de medicamentos estomacales. Pero tenía un convencimiento y una esperanza: ¡hoy ceno bien, se acabaron las miserias!

Llegué a mi querido Olmedo a las diez de la noche. Había visto a la salida del pueblo un mesón que se anunciaba como horno de leña. Era el momento, era la noche, era una conjunción de astros, era la luna sobre la playa, era...vaya, pues no.

El mesón estaba lleno, por lo que opté por cenar en la terraza. En la puerta, había un libro con cierta apariencia, muy acorde a las características del mesón. Tapa dura, ilustrado, caligrafía gótica y hojas envejecidas: ¡el menú! Mientras mis jugos gástricos se preparaban para el banquete, elegí comer un entrecot a la brasa. Con sus vetitas de grasa, su sal gorda, poco hecho pero bien tostado por fuera...Me senté, y vino una camarera joven y dispuesta:

- "Hola, buenas noches. ¿Desea cenar?"

- "Sí. Un entrecot, por favor. Poco hecho."

- "Lo siento, no hay entrecot."

- "¡Pero si aparece en la carta!"

- "¿Qué carta? ¡Ah, ésa! Es que está de adorno..."

- "¿De adorno? Madre mía...¿Qué puedo cenar, que sea carne?"

- "Tenemos filete y codillo".

- "¿Qué me recomiendas?"

- "El codillo dicen que está muy bueno..."

- "Pues codillo".

He de decir que dudé un momento, pues no me sonaba que el codillo fuera una comida típica de la región, pero me pareció mejor alternativa que el filete. Me puso una cerveza y unas aceitunas mientras esperaba. Después de haberme comido todas las aceitunas y mosquearme con el retraso, la vi acercarse con el plato del codillo, que no parecía excesivamente grande...

Y puso el plato. Y lo miré. Y maldije mi mala suerte con lo que vi, volviendo a la teoría de mi reencarnación. No daba crédito. Pero como ancha es Castilla, y más ancho mi estómago, di buena cuenta de él. Se acercó la camarera:

- "¿Qué tal estaba el codillo, señor?"

- "Bien. Es el que he comido en casa algunas veces, el de Mercadona. Pero suelo comerme los dos que vienen en el paquete, no solo uno".

- "Ah".

Vaya, parece que el listillo del cliente se ha dado cuenta, debió pensar. Habrá que hacer algo...

- "¿Desea postre?"

- "No, gracias".

- "¿Café?"

- "No, gracias".

- "Para compensar la espera, la casa le invita a un chupito".

- "No, gracias. La cuenta, por favor".

Digamos que no andaba de muy buen humor, pensando que había cenado mejor (y más barato) en casa TrypPedro que allí. Dejé de propina el equivalente a 0 pesetas en euros. Me fui a la mansión de los Plaff, con ganas de olvidar ese día, con ganas de dormir. Exhausto.

Llegué al rancho. Abrí la verja, de nuevo el senderito y otra vez en los soportales del averno, pero con ventaja: veía luz en mi habitación por la rendija de la ventana, y abrí sin problemas ni confusiones. Entré, y directamente me eché a reír. Pensé que alguien había dormido en mi cama, hasta que me di cuenta que la habitación estaba exactamente como la dejé. Nadie había entrado. No soy persona exigente ni con aires de grandeza, pero en ese momento deseé ser el Marqués de Sade. Me consolé pensando que sin duda no me habían robado, pero fui corriendo al baño a ver las existencias de papel higiénico, por aquello del racionamiento durante la semana...

Miércoles, seis y media. A trabajar. Vuelvo a dejar la luz de la habitación encendida, y de nuevo a oscuras con mi móvil como linterna por el senderito. Desayuno en mi querida máquina del trabajo, los días empezaban a parecerse unos a otros como en la película del día de la marmota.. Para comer, tuve más suerte con mi sandwich gourmet: jamón y queso (es un suponer), frío como el hielo, insípido y seguramente insalubre. Esa noche decidí cenar en otro sitio de mi querido Olmedo, dejando a un lado consejos de TrypPedro y mesones de carne de leña sin carne. Fui al hostal que me encontré cerrado el lunes, y pregunté al camarero:

-"Buenas noches. ¿Tiene bocadillos?"

-"Esos dos", me contestó mientras señalaba dos minibocadillos en un plato tapado con una campana de cristal.

- "¿Me puede hacer un bocadillo, por favor?"

- "No. Solo me quedan esos dos. Estamos en fiestas".

- "¿En fiestas? Vale, pues esos dos..."

No acabo de entender que en una fiesta no se hagan bocadillos en un bar, pero quizá es que soy muy tiquismiquis. Me comí los dos minibocadillos que debían estar buenos el día que se prepararon, y volví a dejar de propina el equivalente de 0 pesetas en euros. No había manera de cenar en ese pueblo “en fiestas”.

Una vez terminada la pantagruélica cena, emprendí el camino al boulevard de mis sueños rotos. Verja, senderito y soportales. Pero esta vez, un pequeño contratiempo: la luz de la habitación estaba apagada y era imposible saber cuál era la mía, para variar. Probé con la llave en una habitación, y no abría. Fui a probar en otra, pero oí la voz de mi “amigu” antes de poner la llave en la cerradura. Por fin, de nuevo a la tercera lo conseguí. Supuse que habían entrado a limpiar la habitación y por eso la luz estaba apagada. Pero para mi sorpresa, todo estaba igual. El ecologista convencido del tal Sr.Pedro había entrado solo para apagarla. Todavía quedaba papel higiénico y champú, aunque es probable que ese champú fuera el que utilizaba con los caballos, vista la suavidad con la que se deslizaba por mi piel...

Jueves, un día menos para salir del purgatorio. Una rutina que, prologada en el tiempo, me haría prender fuego al rancho y quizá al pueblo entero sin pre-aviso, empezando por sus restaurantes. Seis y media, senderito con móvil, desayuno en mi máquina. Para comer, fiesta: sandwich de jamón con salsa indeterminada, paquete de ruffles y un huesitos. Lo que se dice tirar la casa por la ventana, darlo todo, llorar de alegría. Esa noche, decidí no volver a cenar en mi querido Olmedo, por lo que nada más salir del trabajo, me fui a cenar a un bar de Laguna de Duero. La emoción me embargaba: ¡tenían bocadillos de lo que quisiera! Y el camarero era capaz de decir más de cinco palabras seguidas, al menos enumerando los distintos bocadillos. Feliz.

Después de semejante manjar, tocaba volver al jardín de las delicias. Por supuesto, la luz de la habitación estaba apagada, por lo que tuve que indagar entre los soportales. Afortunadamente, se oían voces en “Casa Amigu”, por lo que pude abrir la puerta a la primera tentativa. Bien, la vida me sonreía. Entré en mi habitación, que por supuesto seguía sin limpiarse y con la cama tal cual. No es de descartar que así estuviera desde el Medievo, vista la decoración minimalista del aposento.  

Al día siguiente, quedé con el tal Sr.Pedro para pagar sobre las tres de la tarde. A las seis y media de la mañana no era posible, ya que a esa hora podría estar dando de beber vino a los caballos mientras él comía alfalfa, y tuve que acercarme a propósito. Una vez cerrado el pago, vino la preguntita en cuestión:

- "¿Qué tal lo ha pasado estos días?"

- "Bien, bien (para que decir nada, si no pensaba volver más). Lo único lo de la luz por la mañana, que no se ve nada por el sendero".

- "¿Cómo que no?¿Pero a que hora sale usted?"

- "A las seis y media".

- "Ah, es que a esa hora, es muy pronto".

- "Es posible, sí. Debe ser que el pueblo está en fiestas. Adiós".

- "¿Volverá?"

- "Sí, y recomendaré el sitio (no pareció entender esto último)".

Por fin se terminó la semana. Dejé atrás a este maravilloso pueblo, de cuyo nombre no quiero acordarme, y me fui para casa pensando por el camino que había protagonizado una película de Almodóvar sin darme cuenta.

Y no, no me devolvió el euro.

martes, 19 de mayo de 2020

CONFINADOS




El ritual ya se había convertido en rutina: guantes, mascarilla y bolsa de tela negra mil veces lavada y probablemente odiada. Peaje previo antes de salir de casa, anticipando con ansiedad una frenética aventura de emociones sin límites: tirar la basura, comprar pan e ir al estanco, el triatlón reinventado de estos inolvidables días.
Primera etapa: contenedor. Veo que se me acerca un hombre de unos setenta años, bien vestido, pulcro y con expresión risueña. Y preguntando....

- "¿Usted fuma?"

Teniendo en cuenta que me acababa de encender un cigarro, me pareció una pregunta algo obvia...

- "Sí", le contesté.
- "¿Me podría dar un cigarrillo, por favor?"
- "Lo siento, me he dejado el tabaco en casa, no tengo ahora mismo."
- "Gracias de todas maneras."

Segunda etapa: tabaco. Para estirar un poco las piernas, me acerqué al estanco dando un pequeño rodeo, me esperaba una cola de personas menos larga de lo habitual, un alivio. Según me iba colocando el último, coincidí al mismo tiempo con el señor que me había pedido un cigarrillo en el contenedor.  Entendí que iba a comprar....pero no.

- "Hola, buenos días. ¿Usted fuma?"
- "Hola, ya le dije que sí hace un rato...."
- "¿Y qué tabaco fuma?"
- "Lucky."
- "¿Lucky? Yo fumo Fortuna, pero me vale. ¿Va a comprar?"
- "Sí, es la cola del estanco."
- "¿Y me dará uno?"
- "Sí, claro."

En ese momento, en un alarde de perspicacia, intuición y poderosa capacidad de deducción, me di cuenta que el entrañable señor no acababa de entenderse con su propia cabeza. Aunque a diferencia de otras personas, a él sí se le notaba. Se puso en la cola detrás de mí, esperando a que le diera el cigarro. Volvió a preguntar:

- "¿Sabe si hay autobuses?"
- "Me imagino que sí, pero no le puedo decir."
- "¿Y sabe dónde hay un bar para tomarme un café?"
- "Estamos en estado de confinamiento, señor. No hay ningún bar abierto."
- "Ah, vale. ¿Va a comprar tabaco?"
- "Sí, ahora mismo..."

 Mientras esperaba, otro hombre se puso a la cola. Entonces escuché unas preguntas que me resultaron familiares:

- "¿Usted fuma?", dirigiéndose a mi nuevo compañero de extrañezas.
- "Sí, voy a comprar. Le puedo dar un cigarro si quiere."
- "¿Y qué fuma?"
- "Ducados."
- "No me gusta el Ducados. Ese señor me va a dar un Lucky, pero yo fumo Fortuna."

Mi vecino de mascarillas cruzó mirada de perplejidad conmigo, y quizá imbuido por ese carácter particular que dan los años de fumar tabaco negro, le contestó:

- "Pues como dicen en mi pueblo: cuando no hay lomo, de todo como."
- "Está bien, lo guardaré para luego. ¿Sabe si hay autobuses?"
- "No lo sé, señor, lo desconozco. ¡Y haga el favor de guardar la distancia de seguridad!"
- "Sí, sí. Gracias."

Ya era mi turno, entré en el estanco con la intención de comprar un cartón. Por mi cabeza pasó la molestia de tener que abrir el cartón y luego un paquete para un miserable cigarrillo, todo ello aderezado con preguntas algo repetitivas. Compré otro paquete.

- "Tome. Aquí tiene, un paquete de Lucky."
- "Pero....no, no hace falta. Sólo quiero un cigarrillo."
- "Déjelo, da igual."
- "Muchas gracias. ¿Hay autobuses hoy?"
- "No lo sé, hasta luego señor."

El hombre, que en ningún momento de la mañana había dejado de sonreír, se despidió. Y me hizo pensar que quizá la verdadera felicidad consiste en no ser muy consciente de lo que pasa a nuestro alrededor, y dejarse guiar por nuestro propio mundo interior...