Todo empezó
durante la ejecución de un proyecto largo y laborioso en Valladolid. Después de
un mes de duro trabajo, para la semana siguiente todos los hoteles de la ciudad
estaban completos, debido a la feria internacional de ovejas churras o merinas,
o algo así...
Decidí
buscar un hotel lo más cercano al trabajo, sin necesidad de demasiados lujos,
puesto que mi horario de trabajo era de siete de la mañana a diez de la noche.
Rastreé los alrededores, y encontré una casa rural con buena pinta en Olmedo, a
35Km. más o menos. Llamé, reservé y quedé con el dueño (un tal Sr. Pedro) a las
diez de la noche del lunes para tomar posesión de mi presunta “suite”.
A las diez
en punto estaba en la entrada de la casa rural, una verja metálica corredera
que estaba cerrada. Llamé al timbre varias veces, sin respuesta. Llamé por
teléfono al tal Sr. Pedro: tampoco. A las diez y cuarto, me fui cabreado de
allí a un hostal en el que había dormido unos quince años antes.
Las diez y
viente: el hostal estaba cerrado, así que me dí otra vez la vuelta hacia la casa
de mis sueños. Y de repente, apareció el tal Sr. Pedro:
- - "Hola,
buenas noches. ¿Es usted Ricardo? Perdón por el retraso, es que tenía que dar
de comer a los caballos..."
- - "No
hay problema", le respondí. Aunque en ese momento, ya cansado, me dio por
acordarme no muy sutilmente de su madre, de los caballos y de algún santo.
Abrió la
verja, y pude ver que la parcela tenía una extensión enorme, con multitud de
árboles y varias casas. Era de noche, pero parecía un sitio agradable. Como mi
estómago pedía guerra, le pregunté si sabía de algún sitio cercano para cenar.
De repente, mientras hablaba con él y detrás de un árbol, apareció fugazmente
un hombre y me preguntó:
- "¡Hola,
amigu! ¿Tienes fuego?"
- "Sí, claro".
Por un
momento llegué a pensar que debía ser su hijo, pero lo descarté por su aspecto
y quizá por su extraña manera de pronunciar “amigo”. Seguí con la pregunta al
tal Sr. Pedro:
-"Entonces,
¿dónde puedo cenar a estas horas?"
-"Sí, mira. Al
lado de la gasolinera hay una bar donde podrás cenar bien, te hacen lo que
quieras. Por cierto, vengo de allí de tomarme un vino (¿no eran los caballos,
cabrón?) y no se lo he pagado. Dile que vas de parte de D.Pedro y le das un
euro. Espera que te doy el euro".
-"No es necesario,
ya se lo pago yo (suponiendo que me lo daría en otro momento). Primero, me
gustaría ver la habitación".
-"Sí, sí.
Claro, claro".
La
habitación estaba al final de la parcela, recorriendo un pequeño sendero entre
árboles y aperos de labranza. Todo muy rústico. Llegamos a unos pequeños
soportales en los que se apreciaban cinco estancias juntas, no podría decirlo
con exactitud puesto que todo estaba bastante oscuro, y las habitaciones no
estaban numeradas. Para saber cual era la mía, tomé como referencia una
barbacoa que estaba enfrente. Eché un vistazo a la habitación, grande y de
estilo castellano decadente. Solté la maleta y me fui a cenar. Mientras
desandábamos el camino hacia la salida, me dijo:
-"Hay piscina,
por si quieres darte un baño".
-"Gracias,
pero no me veo a las diez de la noche bañándome ( y menos en compañía de mi
“amigu”...)".
Fui al bar
recomendado por la guía TrypPedro, y encontré más o menos lo que suponía: el
típico bar de carajillos, de gente hablando de caza o del Madrid, de ésos bares
con la paleta matamoscas sobre la barra y la tele al fondo, con un programa de Telecinco de los que te entran ganas de asesinar en legítima defensa. Me dirigí
al camarero, hombre de rostro enjuto y zahíno, de tez negruzca y merecedor de
una portada de El Jueves:
-"Hola, D.
Pedro ha estado aquí antes, me ha dado un euro de un vino o algo. Aquí lo
tienes. ¿Qué puedo cenar?"
-"Vale,
gracias. Tenemos bocadillos".
- "Bien, pues
uno de bacon y una cerveza, por favor".
- "Vale".
No soy
persona de entablar conversaciones en los bares, pero nunca me deja de
sorprender ese gracejo, ese arte, esa simpatía que exudan algunos camareros
castellanos por los cuatro costados. No sabes si pedirles una caña, o darles el
pésame antes. No hice ascos al bocadillo, puesto que todos los días iba a comer
un sandwich de la máquina del trabajo, una de esas comidas que te hace pensar
que, si verdaderamente existe la reencarnación, antes yo debía ser muy
hijoputa.
Una vez
llenado el buche, volví al gran rancho Bonanza. El sendero, de unos cincuenta
metros, estaba iluminado. Llegué a los
soportales, y fue cuando me di cuenta que la referencia que había tomado (la
barbacoa), era una mierda. Ni idea cual de las habitaciones era la mía. Todo
estaba oscuro, probé en una habitación con cuidado (no vaya ser que volviera a
ver a mi “amigu”) pero no abrió la puerta. Probé en otra, y tampoco. A la
tercera, ábrete Sésamo, pero sin tesoros.
Por fin me
tumbé en la cama, me arropé y cogí el mando de la tele. Pero la tele no se
encendía, me levanté de la cama y la encendí manualmente. Es entonces cuando
comprendí que el mando que había era de la TDT, ni rastro de mando de la tele.
Mando para una TDT, lo que hay que ver...muy acorde con semejante decoración vanguardista.
A la mañana
siguiente, martes, salí a las seis y media. Esta vez dejé la luz encendida,
para así poder saber cual era mi habitación por la noche. Cerré la puerta, y
noté algo extraño: no había luz en toda la parcela. Los cincuenta metros del
senderito, iluminados con la linterna de mi móvil. Me encanta el surrealismo,
pero ésto empezaba a ser excesivo...
Antes de
llegar al trabajo, busqué un sitio en el pueblo para desayunar: todos los bares
cerrados. Cabizbajo, hundido en la miseria y volviendo a acordarme de algún
santo, tuve que desayunar en la máquina de los sandwiches del trabajo, con la
que ya empezaba a tener una relación amor-odio interesante. Como era
preceptivo, a la hora de comer seleccioné una delicatessen de sandwich de surimi
de cangrejo con mayonesa o similar, producto idolatrado por los fabricantes de
medicamentos estomacales. Pero tenía un convencimiento y una esperanza: ¡hoy
ceno bien, se acabaron las miserias!
Llegué a mi
querido Olmedo a las diez de la noche. Había visto a la salida del pueblo un mesón que se
anunciaba como horno de leña. Era el momento, era la noche, era una conjunción
de astros, era la luna sobre la playa, era...vaya, pues no.
El mesón
estaba lleno, por lo que opté por cenar en la terraza. En la puerta, había un
libro con cierta apariencia, muy acorde a las características del mesón. Tapa dura, ilustrado,
caligrafía gótica y hojas envejecidas: ¡el menú! Mientras mis jugos gástricos
se preparaban para el banquete, elegí comer un entrecot a la brasa. Con sus
vetitas de grasa, su sal gorda, poco hecho pero bien tostado por fuera...Me senté,
y vino una camarera joven y dispuesta:
- "Hola, buenas
noches. ¿Desea cenar?"
- "Sí. Un
entrecot, por favor. Poco hecho."
- "Lo siento,
no hay entrecot."
- "¡Pero si
aparece en la carta!"
- "¿Qué carta?
¡Ah, ésa! Es que está de adorno..."
- "¿De adorno? Madre mía...¿Qué puedo cenar, que sea carne?"
- "Tenemos
filete y codillo".
- "¿Qué me
recomiendas?"
- "El codillo
dicen que está muy bueno..."
- "Pues
codillo".
He de decir
que dudé un momento, pues no me sonaba que el codillo fuera una comida típica
de la región, pero me pareció mejor alternativa que el filete. Me puso una
cerveza y unas aceitunas mientras esperaba. Después de haberme comido todas las
aceitunas y mosquearme con el retraso, la vi acercarse con el plato del
codillo, que no parecía excesivamente grande...
Y puso el
plato. Y lo miré. Y maldije mi mala suerte con lo que vi, volviendo a la teoría
de mi reencarnación. No daba crédito. Pero como ancha es Castilla, y más ancho
mi estómago, di buena cuenta de él. Se acercó la camarera:
- "¿Qué tal
estaba el codillo, señor?"
- "Bien. Es el
que he comido en casa algunas veces, el de Mercadona. Pero suelo comerme los
dos que vienen en el paquete, no solo uno".
- "Ah".
Vaya, parece
que el listillo del cliente se ha dado cuenta, debió pensar. Habrá que hacer
algo...
- "¿Desea
postre?"
- "No, gracias".
- "¿Café?"
- "No, gracias".
- "Para
compensar la espera, la casa le invita a un chupito".
- "No, gracias.
La cuenta, por favor".
Digamos que
no andaba de muy buen humor, pensando que había cenado mejor (y más barato) en
casa TrypPedro que allí. Dejé de propina el equivalente a 0 pesetas en euros.
Me fui a la mansión de los Plaff, con ganas de olvidar ese día, con ganas de
dormir. Exhausto.
Llegué al
rancho. Abrí la verja, de nuevo el senderito y otra vez en los soportales del
averno, pero con ventaja: veía luz en mi habitación por la rendija de la
ventana, y abrí sin problemas ni confusiones. Entré, y directamente me eché a
reír. Pensé que alguien había dormido en mi cama, hasta que me di cuenta que la
habitación estaba exactamente como la dejé. Nadie había entrado. No soy persona
exigente ni con aires de grandeza, pero en ese momento deseé ser el Marqués de
Sade. Me consolé pensando que sin duda no me habían robado, pero fui corriendo
al baño a ver las existencias de papel higiénico, por aquello del
racionamiento durante la semana...
Miércoles,
seis y media. A trabajar. Vuelvo a dejar la luz de la habitación encendida, y
de nuevo a oscuras con mi móvil como linterna por el senderito. Desayuno en mi
querida máquina del trabajo, los días empezaban a parecerse unos a otros como
en la película del día de la marmota.. Para comer, tuve más suerte con mi
sandwich gourmet: jamón y queso (es un suponer), frío como el hielo, insípido y
seguramente insalubre. Esa noche decidí cenar en otro sitio de mi querido Olmedo,
dejando a un lado consejos de TrypPedro y mesones de carne de leña sin carne.
Fui al hostal que me encontré cerrado el lunes, y pregunté al camarero:
-"Buenas noches.
¿Tiene bocadillos?"
-"Esos dos",
me contestó mientras señalaba dos minibocadillos en un plato tapado con una
campana de cristal.
- "¿Me puede
hacer un bocadillo, por favor?"
- "No. Solo me
quedan esos dos. Estamos en fiestas".
- "¿En fiestas?
Vale, pues esos dos..."
No acabo de
entender que en una fiesta no se hagan bocadillos en un bar, pero quizá es que
soy muy tiquismiquis. Me comí los dos minibocadillos que debían estar buenos el
día que se prepararon, y volví a dejar de propina el equivalente de 0 pesetas
en euros. No había manera de cenar en ese pueblo “en fiestas”.
Una vez
terminada la pantagruélica cena, emprendí el camino al boulevard de mis sueños
rotos. Verja, senderito y soportales. Pero esta vez, un pequeño contratiempo:
la luz de la habitación estaba apagada y era imposible saber cuál era la mía,
para variar. Probé con la llave en una habitación, y no abría. Fui a probar en
otra, pero oí la voz de mi “amigu” antes de poner la llave en la cerradura. Por
fin, de nuevo a la tercera lo conseguí. Supuse que habían entrado a limpiar la
habitación y por eso la luz estaba apagada. Pero para mi sorpresa, todo estaba
igual. El ecologista convencido del tal Sr.Pedro había entrado solo para
apagarla. Todavía quedaba papel higiénico y champú, aunque es probable que ese
champú fuera el que utilizaba con los caballos, vista la suavidad con la que se
deslizaba por mi piel...
Jueves, un
día menos para salir del purgatorio. Una rutina que, prologada en el tiempo, me
haría prender fuego al rancho y quizá al pueblo entero sin pre-aviso, empezando
por sus restaurantes. Seis y media,
senderito con móvil, desayuno en mi máquina. Para comer, fiesta: sandwich de
jamón con salsa indeterminada, paquete de ruffles y un huesitos. Lo que se dice
tirar la casa por la ventana, darlo todo, llorar de alegría. Esa noche, decidí
no volver a cenar en mi querido Olmedo, por lo que nada más salir del trabajo,
me fui a cenar a un bar de Laguna de Duero. La emoción me embargaba: ¡tenían
bocadillos de lo que quisiera! Y el camarero era capaz de decir más de cinco
palabras seguidas, al menos enumerando los distintos bocadillos. Feliz.
Después de semejante
manjar, tocaba volver al jardín de las delicias. Por supuesto, la luz de la
habitación estaba apagada, por lo que tuve que indagar entre los soportales.
Afortunadamente, se oían voces en “Casa Amigu”, por lo que pude abrir la puerta
a la primera tentativa. Bien, la vida me sonreía. Entré en mi habitación, que
por supuesto seguía sin limpiarse y con la cama tal cual. No es de descartar
que así estuviera desde el Medievo, vista la decoración minimalista del aposento.
Al día
siguiente, quedé con el tal Sr.Pedro para pagar sobre las tres de la tarde. A
las seis y media de la mañana no era posible, ya que a esa hora podría estar dando
de beber vino a los caballos mientras él comía alfalfa, y tuve que acercarme a
propósito. Una vez cerrado el pago, vino la preguntita en cuestión:
- "¿Qué tal lo
ha pasado estos días?"
- "Bien, bien (para que decir nada, si no pensaba volver más). Lo único lo de la luz por la
mañana, que no se ve nada por el sendero".
- "¿Cómo que no?¿Pero
a que hora sale usted?"
- "A las seis y
media".
- "Ah, es que a
esa hora, es muy pronto".
- "Es posible,
sí. Debe ser que el pueblo está en fiestas. Adiós".
- "¿Volverá?"
- "Sí, y
recomendaré el sitio (no pareció entender esto último)".
Por fin se
terminó la semana. Dejé atrás a este maravilloso pueblo, de cuyo nombre no
quiero acordarme, y me fui para casa pensando por el camino que había
protagonizado una película de Almodóvar sin darme cuenta.
Y no, no me
devolvió el euro.