martes, 19 de mayo de 2020

CONFINADOS




El ritual ya se había convertido en rutina: guantes, mascarilla y bolsa de tela negra mil veces lavada y probablemente odiada. Peaje previo antes de salir de casa, anticipando con ansiedad una frenética aventura de emociones sin límites: tirar la basura, comprar pan e ir al estanco, el triatlón reinventado de estos inolvidables días.
Primera etapa: contenedor. Veo que se me acerca un hombre de unos setenta años, bien vestido, pulcro y con expresión risueña. Y preguntando....

- "¿Usted fuma?"

Teniendo en cuenta que me acababa de encender un cigarro, me pareció una pregunta algo obvia...

- "Sí", le contesté.
- "¿Me podría dar un cigarrillo, por favor?"
- "Lo siento, me he dejado el tabaco en casa, no tengo ahora mismo."
- "Gracias de todas maneras."

Segunda etapa: tabaco. Para estirar un poco las piernas, me acerqué al estanco dando un pequeño rodeo, me esperaba una cola de personas menos larga de lo habitual, un alivio. Según me iba colocando el último, coincidí al mismo tiempo con el señor que me había pedido un cigarrillo en el contenedor.  Entendí que iba a comprar....pero no.

- "Hola, buenos días. ¿Usted fuma?"
- "Hola, ya le dije que sí hace un rato...."
- "¿Y qué tabaco fuma?"
- "Lucky."
- "¿Lucky? Yo fumo Fortuna, pero me vale. ¿Va a comprar?"
- "Sí, es la cola del estanco."
- "¿Y me dará uno?"
- "Sí, claro."

En ese momento, en un alarde de perspicacia, intuición y poderosa capacidad de deducción, me di cuenta que el entrañable señor no acababa de entenderse con su propia cabeza. Aunque a diferencia de otras personas, a él sí se le notaba. Se puso en la cola detrás de mí, esperando a que le diera el cigarro. Volvió a preguntar:

- "¿Sabe si hay autobuses?"
- "Me imagino que sí, pero no le puedo decir."
- "¿Y sabe dónde hay un bar para tomarme un café?"
- "Estamos en estado de confinamiento, señor. No hay ningún bar abierto."
- "Ah, vale. ¿Va a comprar tabaco?"
- "Sí, ahora mismo..."

 Mientras esperaba, otro hombre se puso a la cola. Entonces escuché unas preguntas que me resultaron familiares:

- "¿Usted fuma?", dirigiéndose a mi nuevo compañero de extrañezas.
- "Sí, voy a comprar. Le puedo dar un cigarro si quiere."
- "¿Y qué fuma?"
- "Ducados."
- "No me gusta el Ducados. Ese señor me va a dar un Lucky, pero yo fumo Fortuna."

Mi vecino de mascarillas cruzó mirada de perplejidad conmigo, y quizá imbuido por ese carácter particular que dan los años de fumar tabaco negro, le contestó:

- "Pues como dicen en mi pueblo: cuando no hay lomo, de todo como."
- "Está bien, lo guardaré para luego. ¿Sabe si hay autobuses?"
- "No lo sé, señor, lo desconozco. ¡Y haga el favor de guardar la distancia de seguridad!"
- "Sí, sí. Gracias."

Ya era mi turno, entré en el estanco con la intención de comprar un cartón. Por mi cabeza pasó la molestia de tener que abrir el cartón y luego un paquete para un miserable cigarrillo, todo ello aderezado con preguntas algo repetitivas. Compré otro paquete.

- "Tome. Aquí tiene, un paquete de Lucky."
- "Pero....no, no hace falta. Sólo quiero un cigarrillo."
- "Déjelo, da igual."
- "Muchas gracias. ¿Hay autobuses hoy?"
- "No lo sé, hasta luego señor."

El hombre, que en ningún momento de la mañana había dejado de sonreír, se despidió. Y me hizo pensar que quizá la verdadera felicidad consiste en no ser muy consciente de lo que pasa a nuestro alrededor, y dejarse guiar por nuestro propio mundo interior...