El ritual ya
se había convertido en rutina: guantes, mascarilla y bolsa de tela negra mil
veces lavada y probablemente odiada. Peaje previo antes de salir de casa,
anticipando con ansiedad una frenética aventura de emociones sin límites: tirar
la basura, comprar pan e ir al estanco, el triatlón reinventado de estos
inolvidables días.
Primera
etapa: contenedor. Veo que se me acerca un hombre de unos setenta años, bien
vestido, pulcro y con expresión risueña. Y preguntando....
- "¿Usted fuma?"
Teniendo en
cuenta que me acababa de encender un cigarro, me pareció una pregunta algo
obvia...
- "Sí", le contesté.
- "¿Me podría
dar un cigarrillo, por favor?"
- "Lo siento,
me he dejado el tabaco en casa, no tengo ahora mismo."
- "Gracias de
todas maneras."
Segunda etapa: tabaco. Para estirar un poco las piernas, me acerqué al estanco dando un
pequeño rodeo, me esperaba una cola de personas menos larga de lo habitual, un
alivio. Según me iba colocando el último, coincidí al mismo tiempo con el señor
que me había pedido un cigarrillo en el contenedor. Entendí que iba a comprar....pero no.
- "Hola, buenos
días. ¿Usted fuma?"
- "Hola, ya le
dije que sí hace un rato...."
- "¿Y qué
tabaco fuma?"
- "Lucky."
- "¿Lucky? Yo
fumo Fortuna, pero me vale. ¿Va a comprar?"
- "Sí, es la
cola del estanco."
- "¿Y me dará
uno?"
- "Sí, claro."
En ese
momento, en un alarde de perspicacia, intuición y poderosa capacidad de deducción,
me di cuenta que el entrañable señor no acababa de entenderse con su propia
cabeza. Aunque a diferencia de otras personas, a él sí se le notaba. Se puso
en la cola detrás de mí, esperando a que le diera el cigarro. Volvió a
preguntar:
- "¿Sabe si hay
autobuses?"
- "Me imagino
que sí, pero no le puedo decir."
- "¿Y sabe
dónde hay un bar para tomarme un café?"
- "Estamos en estado
de confinamiento, señor. No hay ningún bar abierto."
- "Ah, vale.
¿Va a comprar tabaco?"
- "Sí, ahora
mismo..."
Mientras esperaba, otro hombre se puso a la
cola. Entonces escuché unas preguntas que me resultaron familiares:
- "¿Usted
fuma?", dirigiéndose a mi nuevo compañero de extrañezas.
- "Sí, voy a
comprar. Le puedo dar un cigarro si quiere."
- "¿Y qué fuma?"
- "Ducados."
- "No me gusta
el Ducados. Ese señor me va a dar un Lucky, pero yo fumo Fortuna."
Mi vecino de mascarillas cruzó mirada de perplejidad conmigo, y quizá imbuido
por ese carácter particular que dan los años de fumar tabaco negro, le
contestó:
- "Pues como
dicen en mi pueblo: cuando no hay lomo, de todo como."
- "Está bien,
lo guardaré para luego. ¿Sabe si hay autobuses?"
- "No lo sé,
señor, lo desconozco. ¡Y haga el favor de guardar la distancia de seguridad!"
- "Sí, sí. Gracias."
Ya era mi
turno, entré en el estanco con la intención de comprar un cartón. Por mi cabeza
pasó la molestia de tener que abrir el cartón y luego un paquete para un
miserable cigarrillo, todo ello aderezado con preguntas algo repetitivas. Compré otro paquete.
- "Tome. Aquí
tiene, un paquete de Lucky."
- "Pero....no,
no hace falta. Sólo quiero un cigarrillo."
- "Déjelo, da
igual."
- "Muchas
gracias. ¿Hay autobuses hoy?"
- "No lo sé,
hasta luego señor."
El hombre,
que en ningún momento de la mañana había dejado de sonreír, se despidió. Y me
hizo pensar que quizá la verdadera felicidad consiste en no ser muy consciente
de lo que pasa a nuestro alrededor, y dejarse guiar por nuestro propio mundo
interior...
