Todo empezó
el sábado, en la Serranía de Cuenca. Con unos amigos de esos que no abundan,
los que son de siempre y para siempre. Nuestro plan era sencillo: pasar un fin
de semana entre montañas, descubriendo los infinitos placeres que nos ofrece la
naturaleza, y con el objetivo de recolectar toda seta comestible y sabrosa que
se nos pusiera a nuestro alcance.
La cesta de
las setas quedó llena, después de una larga jornada. Níscalos, boletus y rebozuelos
quedaban citados para la noche del domingo con nuestros estómagos, expectantes.
Nos despedimos de Cuenca, e iniciamos camino de vuelta.
Ya en casa,
no esperamos ni diez minutos para preparar las setas: quitar la tierra, limpiar
y trocear. Ajo, perejil, jamón....sartén. Una delicia. Las degustamos con placer,
y fui a descansar merecidamente al sofá. Me quedé dormido y empecé a notar algo
raro, algo estaba ocurriendo en el salón, y no daba crédito. Las paredes habían
cambiado, un cardumen de peces voladores giraba alrededor de un pino emergente en
el centro del salón y todo parecía flotar. Entraba en otra dimensión.
Sobre el
sofá, recostado y con una pipa lacada entre sus labios, un orangután vestido
con sotana devoraba con avidez un ejemplar de “la evolución de las especies” de Darwin. Con sus gafas de
presbicia, me miró, me hizo un guiño y sonrió. A sus pies, un dragón de comodo
enfundado en lencería roja manejaba el mando a distancia con precisión mientras
comía pipas, prestando atención a un documental sobre unos seres humanos que
mataban a otros...
En el otro
lado del salón, cada vez más grande y asemejándose a un palacio, un grupo de
políticos departía amistosamente, tratando de encontrar soluciones a los problemas
cotidianos de los demás. Todos se ofrecían voluntarios, todos pensaban en
mejorar la sociedad y no en ellos mismos. Junto a estos políticos de nuevo cuño, un grupo de banqueros
solicitaba permiso para reducir sus ganancias y ayudar a la gente más
necesitada, rechazando cualquier concepto cercano a la avaricia, codicia o
egoísmo. Sonreían. Justo detrás de los banqueros, un Donald Trump reconvertido
en mariachi cantaba rancheras al lado de su novio negro envuelto en una bandera
arcoiris.
Me llamó la
atención un grupo de personas charlando sobre filosofía, ética, el sentido de
la vida. Hablaban pausadamente, pero con
pasión. No tenían móviles ni otros dispositivos, no sabían lo que era una red
social, y se dedicaban simplemente a conversar. Disfrutaban,
recordándome otros tiempos no tan lejanos. Mientras, una bailarina de Degas
danzaba por todo el salón, bajo la atenta mirada del bebé en brazos del cuadro de
Gernika, que había cogido vida y saltado del cuadro, y plantaba rosas en las
macetas que no eran más que bombas vaciadas y recicladas.
Poco a poco
los efectos alucinógenos se desvanecían. El orangután empezó a difuminarse, y
el dragón de comodo desapareció. La estancia se hizo más pequeña, y todo empezó
a acercarse a la normalidad. Me vi en ese momento en el sofá manejando el mando
a distancia, con cierto dolor de cabeza, y con un documental de leones devorando
a unas gacelas de Thompson. Cambié de canal para ver el telediario, y ya no
había políticos humildes, ni banqueros empáticos, ni sacerdotes con cargo de
conciencia. Eso sí, los seres humanos seguían matándose entre ellos.
Y comprendí
por qué tantos artistas habían utilizado alucinógenos para la creación de sus
obras: simplemente querían escapar de la realidad, que es lo que yo hice al confundir
una seta “Boletus Dupainii” con una seta “Gymnopilus Enonyus”, conocida por
provocar efectos alucinógenos y trastornos en la visión.

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