viernes, 4 de mayo de 2018

TRAVIS





El día empezaba rarito. Nada más salir de casa, siete y veinte, el retrasado camión amarillo de la basura en medio de la calle, desesperando a una hilera interminable de conductores que agachan la cabeza, señal de rendición, asumiendo que tendrán que esperar unos minutos más antes de llegar a su trabajo, ese trabajo que la mayoría detesta y que, paradojas de la vida, solo soportan porque hay una cosa peor aún: no poder siquiera trabajar. Tres minutos treinta, no es mucho, una hora y tres minutos treinta, atasco mediante.

El cartel de “ocupado” recién dado la vuelta, ahora “libre”, lo que quisiera ser. Luz verde encendida y, a regañadientes, catorce horas al volante. Siguiente rotonda, de nuevo el tráfico demostrando que hay demasiada gente en una gran ciudad. ¿Accidente? Sigue el día rarito, paciencia, más que la que están teniendo los que se están insultando y zarandeando en la misma rotonda, algo apartados. Estúpida manera de empezar el lunes, descargando frustraciones en otros, esa manía del ser humano de echar la culpa a los demás de los propios problemas. Veinte minutos más, no cunde. Pongo la radio, noticias, ¿por qué siempre son malas?

Circulando, por fin. Remolino de gente en el paso de cebra, alguien en el suelo. Muchacha joven, parece desmayada, la están atendiendo, no paro. ¿Qué le habrá pasado? Sigo, alguien levanta la mano, primera cliente, señorona enjoyada y emperifollada, huele a laca, mal asunto: cuanto más dinero parece que tienen, menor es la propina. ¿Ricos por ser avariciosos? Quién sabe, buenos días, adónde vamos señora.  Lo sabía, al barrio de Salamanca, espero que no hable de política porque sospecho que no vamos a estar de acuerdo. O bueno, puedo decir lo de siempre: “la culpa es del gobierno”, el axioma favorito del gremio. Lo diré a la mínima. ¿Floristería? Se me había olvidado, hoy es el día de todos los santos. Toca viajar al cementerio, ilusionante. Muchas gracias señora, le agradezco el crisantemo, pero se marchitará en el coche. Vaya con Dios, rácana, esa flor de propina, no había otra. Luisa, no sé por qué me ha dicho como se llama, yo Travis le dije. Sí, es raro, pero es mi nombre. Adiós.

Sigo. A lo lejos, manita al aire, señora con bolsas, me acerco. No, no son bolsas, está embarazada, muy embarazada, y parece cansada. No se me olvide lo del oculista, por favor que no se ponga de parto como la otra vez. Bajo, abro la puerta, muy buenos días, ya le ayudo. Hospital, Arganda del Rey, buena carrera. ¿De ocho meses y medio? Ánimo, ya queda poco, muy bonito el nombre de David, enhorabuena, los hijos son para toda la vida, aunque a veces desgraciadamente. Eso no se lo digo, no es justo y total para qué. Que tenga toda la suerte del mundo. Pienso en el cementerio, en el rodillo de la vida, filosofadas.

Vuelta desde Arganda, suena la emisora. Cliente en la Cañada Real, de camino. No fastidies, no me gusta ese sitio. A nadie le gusta, pero tengo que vivir, intentar reducir mi jornada. Voy, muy a desgana. Ya entro en la Cañada, niños desnudos corriendo por los charcos, adultos esperando a la muerte alrededor de una hoguera, chabolas sobre lecho de escombros, no veo a mi cliente. Allá está, no parece que tenga mala pinta. Buenos días, espera un taxi, supongo. Sube. Sigue el día rarito, está muy bien vestido y con buen aspecto, limpio y casi diría inmaculado, aunque escuálido y con mirada perdida. Éste le da al caballo, no es sitio para bibliotecas. ¿Al cementerio? De acuerdo, le miro por el retrovisor, da pena. Teniéndolo todo y va a visitar su próxima casa. Quisiera hablarle pero no puedo, él lo hace. Ha quedado con su madre, visitan la tumba de su padre como todos los años. Algo me resulta familiar, y pregunto por el nombre de su madre. Me responde: “Luisa”.

Un día rarito, sí.

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