El día empezaba rarito. Nada más salir
de casa, siete y veinte, el retrasado camión amarillo de la basura en medio
de la calle, desesperando a una hilera interminable de conductores que agachan
la cabeza, señal de rendición, asumiendo que tendrán que esperar unos minutos
más antes de llegar a su trabajo, ese trabajo que la mayoría detesta y que, paradojas de la vida, solo soportan
porque hay una cosa peor aún: no poder siquiera trabajar. Tres minutos treinta,
no es mucho, una hora y tres minutos treinta, atasco mediante.
El cartel de “ocupado” recién dado la
vuelta, ahora “libre”, lo que quisiera ser. Luz verde encendida y, a regañadientes, catorce horas al
volante. Siguiente rotonda, de nuevo el tráfico demostrando que hay demasiada
gente en una gran ciudad. ¿Accidente? Sigue el día rarito, paciencia, más que
la que están teniendo los que se están insultando y zarandeando en la misma
rotonda, algo apartados. Estúpida manera de empezar el lunes, descargando
frustraciones en otros, esa manía del ser humano de echar la culpa a los demás
de los propios problemas. Veinte minutos más, no cunde. Pongo la radio,
noticias, ¿por qué siempre son malas?
Circulando, por fin. Remolino de gente
en el paso de cebra, alguien en el suelo. Muchacha joven, parece desmayada, la
están atendiendo, no paro. ¿Qué le habrá pasado? Sigo, alguien levanta la mano,
primera cliente, señorona enjoyada y emperifollada, huele a laca, mal asunto:
cuanto más dinero parece que tienen, menor es la propina. ¿Ricos por ser
avariciosos? Quién sabe, buenos días, adónde vamos señora. Lo sabía, al barrio de Salamanca, espero que
no hable de política porque sospecho que no vamos a estar de acuerdo. O bueno,
puedo decir lo de siempre: “la culpa es del gobierno”, el axioma favorito del
gremio. Lo diré a la mínima. ¿Floristería? Se me había olvidado, hoy es el día
de todos los santos. Toca viajar al cementerio, ilusionante. Muchas gracias
señora, le agradezco el crisantemo, pero se marchitará en el coche. Vaya con
Dios, rácana, esa flor de propina, no había otra. Luisa, no sé por qué me ha
dicho como se llama, yo Travis le dije. Sí, es raro, pero es mi nombre. Adiós.
Sigo. A lo lejos, manita al aire, señora con
bolsas, me acerco. No, no son bolsas, está embarazada, muy embarazada, y parece
cansada. No se me olvide lo del oculista, por favor que no se ponga de parto
como la otra vez. Bajo, abro la puerta, muy buenos días, ya le ayudo. Hospital,
Arganda del Rey, buena carrera. ¿De ocho meses y medio? Ánimo, ya queda poco,
muy bonito el nombre de David, enhorabuena, los hijos son para toda la vida,
aunque a veces desgraciadamente. Eso no se lo digo, no es justo y total para
qué. Que tenga toda la suerte del mundo. Pienso en el cementerio, en el rodillo
de la vida, filosofadas.
Vuelta desde Arganda, suena la
emisora. Cliente en la Cañada Real, de camino. No fastidies, no me gusta ese
sitio. A nadie le gusta, pero tengo que vivir, intentar reducir mi jornada. Voy,
muy a desgana. Ya entro en la Cañada, niños desnudos corriendo por los charcos,
adultos esperando a la muerte alrededor de una hoguera, chabolas sobre lecho de
escombros, no veo a mi cliente. Allá está, no parece que tenga mala pinta. Buenos
días, espera un taxi, supongo. Sube. Sigue el día rarito, está muy bien vestido
y con buen aspecto, limpio y casi diría inmaculado, aunque escuálido y con
mirada perdida. Éste le da al caballo, no es sitio para bibliotecas. ¿Al
cementerio? De acuerdo, le miro por el retrovisor, da pena. Teniéndolo todo y
va a visitar su próxima casa. Quisiera hablarle pero no puedo, él lo hace. Ha
quedado con su madre, visitan la tumba de su padre como todos los años. Algo me resulta familiar, y pregunto por el nombre de su madre. Me responde: “Luisa”.
Un día rarito, sí.

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