Cogió su pañuelo de seda y limpió los
restos de sangre y carne de la estilográfica.” ¡Mierda, se ha doblado el
plumín!” ”¡ Joder!”. Abrió el maletín de herramientas, perfectamente ordenadas
y relucientes y cada una en su sitio, como siempre habían estado. Movió
ligeramente el bisturí, pues no estaba en el mismo plano que el resto de
utillaje. Casi sin mirar sacó los alicates de precisión y poco a poco empezó a
enderezarlo. No podía quedar bien, tenía que quedar perfecto, o el enfado
podría ser aún mayor.
“Perfect, yes”. Como debe de ser.
Salió de la habitación rumbo a casa,
mejor en autobús. Subió una persona mayor a la que cedió gentilmente su
asiento, pues nadie lo hacía. Miraba a los demás pasajeros mientras daba
vueltas a la pluma, girándola obsesivamente sobre su mano, con semblante tranquilo. Nos veremos en algún momento de esta vida, pareció pensar.
Ya en casa, por fin, necesitaba ducha.
Se desnudó lentamente, mientras dejaba la ropa doblada sobre la cama, siempre
en el mismo orden: pantalones, camisa con los botones hacía abajo y calzoncillos
en medio de los calcetines bien alineados y con los talones hacia dentro. Ahora
sí, ducha. Música de Wagner de fondo.
Abrió el grifo monomando con control
de temperatura, siempre a 33ºC. Le vino a la mente la escena de psicosis, qué
gran maestro Hitchcock. Peinándose en el espejo sonrió de medio lado y
fijándose en su propia mirada, supo que le quedaban muy buenos momentos que
disfrutar en la vida.
Tenía prisa. La clase empezaba en
media hora, y se había entretenido algo más de lo previsto con el muy
maleducado y desagradable guaperas chulito. Andando a la facultad a paso
ligero, sin pisar las líneas de separación de las losetas del suelo, en la
escalera de acceso siempre el pie derecho primero. La clase estaba llena menos
un asiento vacío, el que estaba a su lado. Las compañeras de su alrededor
suspiraban por la ausencia del compañero, y de nuevo esbozó una media sonrisa.
Sacó la estilográfica para tomar algún
apunte. Hoy se hablaría sobre el comportamiento sicótico, uno de sus temas
favoritos. Quedaba una manchita de sangre en el plumín, la limpió rápidamente
con su perfectamente doblado pañuelo de seda. Casi a la vez se sentó a su lado
otro compañero en la silla vacía. También era guapo, a sus compañeras se les
volvieron a iluminar los ojos. Le observó detenidamente, y a continuación
volvió a limpiar el plumín, en un acto puramente reflejo.
Sacó la mejor nota de la clase.

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