jueves, 13 de julio de 2017

MICROS (3)




En mi lecho de muerte....y nunca fui capaz de decirle que la amaba. Mi vida habría sido diferente. Y la suya.


Era fascinante: una boca de ensueño, una piel suave y fina, ojos de gata y pelo cobrizo...hasta que me hicieron el trasplante de córnea. Nada fue igual.


Quería morirme y la conocí: ahora me muero cuando no estoy con ella.


A lo lejos divisaba las imponentes montañas, el cielo era de un azul celeste que casi se podía oler, y el vuelo de un águila real lo tenía embelesado. En veinte años saldría de la cárcel y lo vería de cerca. No volvería a la política.


Se aburrió de ser inmensamente feliz. Ahora vive la vida.


 “Cariño, debes ser fuerte en la vida: ya sé que a veces te pone en situaciones límite, que las cosas no son fáciles, pero hay que coger el toro por los cuernos y enfrentarse a los problemas...”. “Ya lo sé amor, pero tu marido es karateka y uzbeko: no creo que me entienda”.


Pasa la vida como las nubes pasan, como fluye el agua del río, como el sol se esconde al atardecer...todo pasa.


“¿Y qué pondrías en tú hepitafio?” “Fácil: epitafio es sin hache”.


“Padre, me confieso: quiero darle una paliza al amante de mi mujer”. “Hijo mío, no debes caer en el pecado de la ira. Habla con ella, y que venga a verme. Yo te absuelvo de tus pecados, reza cuatro padrenuestros...”. “Mejor rezo trescientos, cabrón: deja en paz a mi mujer”.



Mi corazón pedía a gritos reanimación: apareciste de la nada, y nada volvió a ser lo mismo.


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