En mi lecho de muerte....y nunca fui capaz de decirle que la
amaba. Mi vida habría sido diferente. Y la suya.
Era fascinante: una boca de ensueño, una piel suave y fina,
ojos de gata y pelo cobrizo...hasta que me hicieron el trasplante de córnea.
Nada fue igual.
Quería morirme y la conocí: ahora me muero cuando no estoy
con ella.
A lo lejos divisaba las imponentes montañas, el cielo era de
un azul celeste que casi se podía oler, y el vuelo de un águila real lo tenía
embelesado. En veinte años saldría de la cárcel y lo vería de cerca. No
volvería a la política.
Se aburrió de ser inmensamente feliz. Ahora vive la vida.
“Cariño, debes ser
fuerte en la vida: ya sé que a veces te pone en situaciones límite, que las
cosas no son fáciles, pero hay que coger el toro por los cuernos y enfrentarse
a los problemas...”. “Ya lo sé amor, pero tu marido es karateka y uzbeko: no
creo que me entienda”.
Pasa la vida como las nubes pasan, como fluye el agua del
río, como el sol se esconde al atardecer...todo pasa.
“¿Y qué pondrías en tú hepitafio?” “Fácil: epitafio es sin
hache”.
“Padre, me confieso: quiero darle una paliza al amante de mi
mujer”. “Hijo mío, no debes caer en el pecado de la ira. Habla con ella, y que
venga a verme. Yo te absuelvo de tus pecados, reza cuatro padrenuestros...”.
“Mejor rezo trescientos, cabrón: deja en paz a mi mujer”.
Mi corazón pedía a gritos reanimación: apareciste de la
nada, y nada volvió a ser lo mismo.

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