Pies que se conocieron una noche de miradas de reojo, de
curiosidad e interrogantes.
Pies que buscaban otro calzado, después de haber destrozado
y malgastado los zapatos anteriores.
Pies doloridos que deseaban abrigarse, pero no con calcetines
de oportunidades o rebajas, ni con calcetines desechables.
Pies.
Pies que se gustaron y se desnudaron, y no se conformaron
con dejar pasar la oportunidad de estrenar nuevos zapatos más cómodos, siempre necesarios
y buscados.
Pies que pisaron cristales rotos, pero supieron curarse el uno al otro las heridas ahora bien cerradas y cicatrizadas.
Pies que se quieren y se desean, y se entrelazan pero no se pisan entre
ellos. Se buscan y se acarician, se respetan y se comprenden.
Pies.
Pies que envejecerán juntos, que no permitirán otro tipo de
calcetines ni otro abrigo, ni malgastarán otra vez los mejores zapatos: los bonitos
y usados, perfectamente adaptados a su forma. Duraderos.
Pies que se reconfortan y se dan calor en verano y en invierno,
se echan de menos y se lloran, y malviven si no se sienten cerca.
Pies por la mañana,
al despertar en la cama. Pies por la noche, cuando necesitan descansar y hablar de la vida y de los sueños.
Nuestros Pies.

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