EL DÍA QUE ME CONVERTÍ EN UNA PERSONA
AMABLE
Reconozco que no era el mejor día para hacer amigos.
Bien entrado el mes de Julio, el calor que hacía se asomaba a
una dimensión desconocida. Apostado contra la pared de un taller junto a una
gasolinera en el medio de la nada, esperaba con resignación a que cambiaran los
malditos neumáticos del coche, maldito el momento, maldita la vida, maldito yo. Ni siquiera
las golondrinas se atrevían a volar, y las lagartijas sacaron la bandera de la
rendición.
El sudor como perfume, la debilidad como compañera de viaje,
la apatía por definición. No era el día, no.
A lo lejos, vi como poco a poco se acercaba hacia la puerta
del taller un BMW de alta gama conducido por un señor de cierta edad, bien
vestido y aseadito. El coche emitía un ruido chirriante por la parte inferior
delantera. Paró el coche, y aparcó.
Como tampoco tenía mejor cosa que hacer, y olvidándome de mi paradójica misantropía, saludé al señor y me agaché por debajo del vehículo. La tapa de protección del cárter se había desprendido, tan solo era cuestión de fijar un par de tornillos.
“No se preocupe, no hay problema con las ruedas. Es la tapa del cárter que está suelta…”
“Ah, muchas gracias. ¿Y cuándo me lo pueden arreglar? Es que tengo que ir a la misa de doce, y no sé si voy a poder llegar”.
“No, disculpe. No trabajo en el taller”.
“¿No? Ah. Entonces, usted es.... una persona amable, vaya. Muchas gracias”.
“De nada”
Volví a la pared de mis lamentaciones, a dejar pasar el
tiempo sin más. Seguía sin haber pájaros. ¿Estarían muertos? Quién sabe, creo
que empezaba ya a delirar…
El buen señor se acercó a la puerta del taller. Le atendió un
mecánico marroquí, de manera educada y cordial.
- - “Buenos
días, ¿cúal es problema en coche?”
- - “No,
no. Usted, no. ¿No hay ningún mecánico español?
- - “¿Cómo?
¿Por qué?
- - “Porque
prefiero mecánico español de confianza. Usted, no.”
El mecánico marroquí se despidió no sin antes decirle algunas
palabras en árabe altisonantes, con muchas jotas, imposibles de entender. Vino
otro compañero, y le atendió.
Mi coche ya estaba prácticamente terminado, y para celebrarlo
compré una botella grande de agua en la gasolinera. Le dí un buen trago, y
vacié el resto de agua sobre una jardinera repleta de colillas y caracoles
resecos. Llené de gasolina la botella en el surtidor y recogí el coche. El
trago de agua me abrió la mente, me relajó, me hizo ver la vida con claridad de
nuevo.
El agua que desborda el vaso. No era el día. ¿O sí? Quizá
estaba ya cansado de oír comentarios xenófobos, de soportar conversaciones
impunes sobre los homosexuales, de diatribas racistas de bienintencionados de
misa diaria, o de negacionistas del machismo de inteligencia limitada y estrechas
miras. Esos comentarios que escupen sin pudor personajes que adoran a su familia y que dan
moneditas a los pobres, y que sin duda irán al infierno.
Esperé a que terminaran con el coche del buen señor, y le
seguí hasta la iglesia de Boadilla del Monte.
Y la persona amable, dejó de serlo. Es sorprendente lo rápido
que arde un BMW.

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