A veces no
es tan difícil encontrar un momento para una sonrisa, la puedes encontrar
cuando menos te lo esperas. Dentro de la monotonía y alienación que significa
la rutina diaria, cualquier pequeña anécdota es suficiente para recordar los
placeres que la vida nos ofrece de vez en cuando.
Andaba limpiando la piscina en una de esas habituales
tardes fresquitas de julio, quitando los típicos restos de hojas y ramas e
insectos voladores no identificados, cuando vi un pequeño saltamontes verde que
había caído al agua y hacía intentos desesperados por no ahogarse. No soy precisamente un monje
budista, pero tampoco me gusta ver sufrir a los animales gratuitamente. Cogí la
red, saqué al pequeño Flipper y lo dejé fuera del agua.
Seguí limpiando
media hora más, disfrutando del maravilloso verano mesetario y con el pensamiento
en esa cerveza fresquita reparadora. De repente, noté algo en el hombro
izquierdo. Parecía que me había caído alguna brizna de hierba o similar, y fui a
quitármelo con la mano.
Y para mi
sorpresa monumental, era el mismo saltamontes que había salvado de morir
ahogado. Ahí estaba, pequeño y verde, diminuto. Sobre mi hombro, mirándome y sin
moverse. Me quedé observándolo un buen rato. Sonreí, y se fue volando.
Está claro
que no deja de ser algo casual. Pero qué bonito es imaginar cualquier otra
cosa...

No hay comentarios:
Publicar un comentario