martes, 14 de mayo de 2019

FLIPPER



A veces no es tan difícil encontrar un momento para una sonrisa, la puedes encontrar cuando menos te lo esperas. Dentro de la monotonía y alienación que significa la rutina diaria, cualquier pequeña anécdota es suficiente para recordar los placeres que la vida nos ofrece de vez en cuando.

Andaba  limpiando la piscina en una de esas habituales tardes fresquitas de julio, quitando los típicos restos de hojas y ramas e insectos voladores no identificados, cuando vi un pequeño saltamontes verde que había caído al agua y hacía intentos desesperados por no ahogarse. No soy precisamente un monje budista, pero tampoco me gusta ver sufrir a los animales gratuitamente. Cogí la red, saqué al pequeño Flipper y lo dejé fuera del agua.

Seguí limpiando media hora más, disfrutando del maravilloso verano mesetario y con el pensamiento en esa cerveza fresquita reparadora. De repente, noté algo en el hombro izquierdo. Parecía que me había caído alguna brizna de hierba o similar, y fui a quitármelo con la mano.

Y para mi sorpresa monumental, era el mismo saltamontes que había salvado de morir ahogado. Ahí estaba, pequeño y verde, diminuto. Sobre mi hombro, mirándome y sin moverse. Me quedé observándolo un buen rato. Sonreí, y se fue volando.

Está claro que no deja de ser algo casual. Pero qué bonito es imaginar cualquier otra cosa...

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