Lodo y
suciedad, escombros y basura. Personas sombrías con mirada huidiza alrededor de
una fogata, delante de casas muy alejadas de lo que debe ser un hogar.
Compañeros de miserias, compartiendo un único e individual fin. Egoístas en su
enfermedad.
Una niña
desnuda corriendo por los charcos de la carretera, ante la ausencia de miradas
vigilantes adultas. Una niña con un futuro ya decidido, a la que en algún
momento de esta vida se le exigirá que rinda cuentas ante la justicia, que no
ponderará en ningún momento antecedentes ni ausencia de una alternativa mejor,
que nunca la habrá. El que la hace, la paga. No todo el mundo puede nacer en
una familia acomodada, ley no escrita.
Casas en el
descampado, juntas, aroma de barrio. Una pegada a la otra, buenos vecinos de
compraventa. Familias que se ayudan tan
solo a las luces de las sirenas, ante la posibilidad de que el negocio se
termine y suponga ruina y barrotes para gran parte de ellos. Camaradas en la
codicia, el dolor ajeno y en el reparto de muerte.
Vistas a la
incineradora, siempre presente, siempre en marcha.
Lugar adonde se queman y
procesan las basuras creadas por la otra sociedad, que prefiere tener la basura
bien lejos antes que el hedor pulverice
sus fosas nasales, y su visión les obligue a pensar y a cuestionar determinadas
leyes.
Inframundo.
Como otros tantos en otros tantos sitios, pero que solo se aprecian
virtualmente: no afecta tanto lo que no se ve. Barrio autosuficiente, barrio
independiente, barrio donde la ley es la navaja o la pistola. Sálvese quien
pueda, pero yo el primero. Instinto de supervivencia, instinto asesino.
Paseantes.
En mejor o peor estado, dependiendo de su nivel y años de adicción. Zombies
vivientes que en algún momento del pasado quizá fueron razonablemente felices,
o no, y por alguna causa desconocida (incluso para ellos), arrinconaron su vida
hasta un único agujero por el que la luz apenas se divisa. Y para la mayoría, oscuridad
y fin de la función.
Cañada Real
de Madrid, en Europa. Pasen y vean.

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