El cielo estaba bien abierto, siempre lo estuvo. Cielo claro, azul brillante y con alguna pequeña nube a lo lejos.
De naturaleza noctámbula, pero siempre felices con la luz del día. Luz para hablar y relajarse en una terraza con un cerveza fresca, para sonreír y amar. Para querer lo que estás viendo y estar de acuerdo con la vida.
Poco a poco y sin darnos cuenta, el cielo se fue oscureciendo. El sol dio paso a un atardecer de colores, en la mejor hora del día, pero preludio de borrascas y tormentas, de granizo y rayos. El cielo dejó de brillar.
La tormenta fue tremenda, duradera. Casi nos ahogamos. En algún momento tuvimos que nadar contracorriente, varias veces, sálvese quién pueda. Pusimos la ropa a secar, y mientras hablábamos de lo sucedido nuestra ropa quedó limpia y seca, a estrenar.
También fue de mucha utilidad el paraguas que nos prestaron: consiguió que la tormenta no fuera perfecta, y no hemos tenido que buscar ropa nueva de saldo.
El cielo vuelve a brillar con un brillo más suave, no cegador. Y sigue habiendo alguna nube, pero de nuevo a lo lejos....después de la tempestad, siempre viene la calma.
Los impermeables, bien guardados en el armario. No hacen falta, se nos han quedado pequeños. A reciclar en breve.

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